Cómo lidiar con empleados difíciles

Fernando Albán Díaz del Castillo

En todas las organizaciones hay empleados conflictivos, que parecen ir en contravía con el resto de la organización y que de una u otra manera alteran el clima laboral, dificultan el trabajo en equipo y complican la labor de los jefes.

Los problemas que surgen con estos empleados, pueden ser de la más variada índole: ausentismo, holgazanería, trato grosero y descortés con sus compañeros o jefes, incumplimiento, desconocimiento de la autoridad y alcoholismos, por sólo mencionar algunos. Ciertos problemas pueden obedecer al tipo de personalidad del trabajador y deberían haberse detectado en el proceso de selección, pero otros, pueden ser consecuencias de circunstancias temporales por las que atraviesa el trabajador y sus causas deben identificarse con rapidez.

El primer paso en la solución de este tipo de problemas, es tomar la decisión de enfrentarlos con prontitud, para evitar que trasciendan y se trasformen en conflictos crónicos, en los que poco a poco empieza a tomar partido toda la organización. Cuando el problema se deja crecer, no es raro que se formen bandos y alianzas a favor de unos y otros y que estos grupos se acusen mutuamente de todo género de intromisiones e incumplimientos, cuyas versiones llegan a oídos de todo el personal a través del voz a voz.

La consecuencia es que una organización, cuyos miembros deberían estar unidos y trabajando en equipo para la consecución de las metas de la compañía, empieza a desviar parte importante de su energía en luchas internas, que en nada la benefician. El ambiente se enrarece, disminuye la colaboración entre los empleados y sus áreas, situación que es rápidamente percibida por los clientes de la compañía.

Una vez el jefe detecta una situación conflictiva con un empleado, debe reunirse con él para identificar qué es lo que lo está llevando a actuar de esa manera. Muchas personas tienen dificultades para expresar abiertamente su inconformidad por determinado hecho y acuden a cambios de comportamiento con los que buscan que alguien detecte su molestia. Conocida la causa, puede ser fácil encontrar la solución y recuperar rápidamente a un buen empleado.

Algunos conflictos de índole personal, como la enfermedad o muerte de un familiar cercano, una separación conyugal o problemas con los hijos, requerirán de un tiempo, antes de que la situación tienda a normalizarse, pero si se conoce la causa, jefes y compañeros pueden aportar para mitigar las dificultades del afectado.

Cuando el problema tiene que ver con una característica de la personalidad del individuo, el asunto es mucho más complejo, porque la personalidad es muy difícil de cambiar. Personas con temperamentos excesivamente fuertes, aquellos que se salen fácilmente de sus casillas, los que buscan afanosamente el poder y están dispuestas a hacer cualquier cosa para conseguirlo, al igual que aquellos confabuladores y manipuladores, pueden ser un dolor de cabeza para cualquier organización. Su permanencia en la empresa debe evaluarse seriamente para determinar si no es más el daño que el bien que le hacen a la compañía.

No hay nada mejor que establecer metas y cronogramas para el seguimiento del trabajo; en este esquema, el empleado poco eficiente se delata a sí mismo sin necesidad de que otros lo acusen. De igual manera, la determinación clara de las funciones de cada área y empleado, contribuye a evitar intromisiones y malos entendidos. Todo efecto tiene una causa; si alguien empieza a cambiar su comportamiento, es hora de sentarse a dialogar con él para determinar la razón de ese cambio. Sin esa comunicación, no habrá solución posible.

Jefes también pueden contribuir a malos ambientes
Algunos jefes contribuyen a la creación de malos ambientes de trabajo al fomentar que ciertos trabajadores actúen como espías de sus compañeros y les refieran todo cuanto acontece a su alrededor y lo que de él se dice en la compañía. Otros aceptan con facilidad y sin investigación alguna, acusaciones o embustes que un empleado hace o dice de sus compañeros.