El turismo de negocios, internet y las aerolíneas ¿enemigos irreconciliables?

Javier Carranza Tresoldi

Contratado por la consultora bogotana Fourtelco para desarrollar un relevamiento de campo de un prometedor proyecto gubernamental notarial en línea, las últimas dos semanas tuve la fortuna de cumplir con un sueño largamente demorado: recorrer diferentes regiones de este cálido país, indagando más a fondo su idiosincrasia de negocios y gobierno, comprobando que se avanza en la sociedad de la información y bebiendo ávidamente de ese consomé exótico de especias que es su cultura territorial.

Como extranjero, se tiende a pensar que cuando uno se embarca en la ruta de los negocios y abarca la extensión de un país tan diverso, la aventura será más la regla que la excepción. Afortunadamente, las grandes capitales como Bogotá, Medellín o Cartagena disponen de niveles de clase mundial en hotelería y servicios, y aunque con ciertos altibajos, todas tienen la marca de clase de 'pertenecer al mundo'.

Aunque otro es el cantar cuando los inversores y consultores internacionales nos internamos en lo profundo de un país. En el caso colombiano, si bien la oferta de hotelería es amplia y competitiva, la calidad en el servicio y la atención al viandante puede variar notablemente, especialmente en los rangos medios de tarifas y sobre todo cuando se opera vía internet.

Ya en la ruta, mi primer destino de negocios fue la ciudad carnavalera. Las caderas bamboleantes de sus mujeres y la gracia costeña de los barranquilleros representan con bastante fidelidad la realidad de sus servicios hoteleros. Gente amable y desbordante de atenciones, relajamiento en las maneras – que no significa grosería- y buena disposición en todo momento fue la tónica que encontré en un hotel decano de la arenosa: El Prado. Su sugestiva y tropical arquitectura, junto a una razonable oferta gastronómica y un agradable ambiente cosmopolita me sedujo hasta el punto de confundirme como un turista de placer, sandalias y panamá hat incluidos.

En mi segundo destino, a pesar del oprobio del conflicto entre operadores y Avianca, las amabilidades tranquilas y dulzonas de los naturales de Valledupar me esperaban auspiciosas. El hotel boutique 'Casa Rosalía' me recibió como a un estudiante consentido que vuelve de sus estudios en la gran ciudad, como canta un vallenato de Diomedes Díaz. La hospitalidad orgullosa y autóctona de los paisas me prometía un plácido disfrute laboral en mi tercer destino; Manizales. El hotel escogido fue 'Las Colinas', reserva de internet mediante. La elección resultó una decepción: dos noches sin dormir por ruiderío en la calle, el cobro de misteriosos seguros 'sorpresa', la incompetencia de sus empleados para entender una reserva hecha por internet y la increíble incomodidad de sentirse extranjero casi me borraron la sonrisa que traía desde el costeño disfrute.

Ni hablar de la friolera que me costó el taxi de ida: $15.000 al centro, cuando normalmente vale $10.000.

Por cierto, los amables policías del aeropuerto de La Nubia tomaron nota de estos 'desajustes' locales y según dijeron me contactarían a mi móvil. Aún lo espero.

Si bien de sabor agridulce, con notas caribeñas, mi experiencia de recorrer de norte a sur el país por ciudades intermedias y pequeñas alienta la posibilidad hacer negocios y turismo placenteramente. Sin embargo, los operadores deberían integrar la promesa de una Colombia actualizada con la hospitalidad local, un gran activo. Lo mismo que familiarizar a sus equipos de atención al turista con la lógica en línea para masificar la utilización de reservas y servicios electrónicos. Se impone rescatar y potenciar los aciertos, pero también reconocer y mejorar lo que no se hace bien.

Finalmente, un trancón mental para el país: de cinco vuelos tomados por Avianca en estas dos semanas, al menos tres vuelos – también reservados por internet – se cancelaron o demoraron. ¿Quién puede tomar la palabra para defender el turismo de negocios en el país?