Felicidad: un asunto de la universidad

Students sharing notes in the university campus

En Colombia aún hay mucho por hacer

José Leonardo Valencia

La felicidad es tal vez el anhelo más antiguo de la humanidad. En los últimos años este concepto, que podría parecer una búsqueda individual, ha pasado a ser parte importante para los diferentes estamentos públicos y para la sociedad en general.

Si bien es cierto que en tiempos de redes sociales hay una sobre exposición de la felicidad (en Instagram por poner un ejemplo hay más de 6,5 millones de publicaciones con el HT #Felicidad), en el contexto de la educación superior, este concepto ha sido asociado no sólo al éxito académico de los estudiantes sino también a su permanencia.

La academia ha empezado a preocuparse por la felicidad de sus estudiantes, lo vemos en el mundo. Tanto, que muchas grandes universidades se han dado a la tarea de incluirla como una cátedra. En Harvard la dictó el gurú en el tema Tal Ben-Shahar, -una de las más apetecidas por los estudiantes históricamente-. En el London School of Economics la enseña Paul Dolan, quien trabajó para el gobierno de David Gordon, y es autor del libro “Diseña tu felicidad” donde explica que la receta para ser feliz, es lograr un equilibrio entre el placer y el propósito.

En Colombia sin embargo, hay mucho por hacer, en un momento donde enfermedades como la depresión, parecen haber ganado terreno en los jóvenes. Según un informe de 2017 de la Organización Mundial de la Salud, 4,7% de los colombianos sufre de depresión y de estos, los adolescentes y mujeres embarazadas o en estado de postparto son los grupos más vulnerables. La tasa de suicidio juvenil ha aumentado y según la OMS es la segunda causa de muerte para la población entre los 15 y 29 años. ¿Pero qué podemos hacer desde la academia? Partamos de la base de que se puede aprender a ser feliz y cultivar los niveles de bienestar. Uno de los componentes para alcanzarla es encontrar el sentido y el propósito de la vida. Como parte de ese proceso, los grupos de investigación y de estudio, deben tener el objetivo de generar un impacto positivo. En nuestro caso, los programas se piensan para lograr una adecuada proyección social a través de actividades tangibles y aplicadas, en un esfuerzo de retroalimentación donde se benefician tanto los estudiantes y los docentes, como la sociedad.

Otro de los componentes vitales para la felicidad se encuentra en las relaciones sociales lo que se da en cualquier actividad que genere valor compartido. En el trabajo en equipo cada integrante empieza a reconocer sus propias fortalezas y talentos, lo que genera una gran satisfacción y ayuda a tener propósitos claros, ajustados a la realidad. Pero además, la correlación con los resultados es contundente: Es precisamente en los proyectos que generan mayor valor compartido, donde los estudiantes tienen mejores calificaciones.

El fin de la educación debe reenfocarse no solo en la excelencia académica sino en la excelencia humana, formando expertos íntegros en sus valores y dispuestos a servir a su país, entorno y comunidad. Personas que sepan afrontar la vida de la mejor manera y puedan cumplir con todas las demandas del mundo moderno. Ya se ha demostrado que las personas felices son más exitosas, altruistas, productivas, mejores líderes, motivados y satisfechos; por eso una universidad que quiera graduar buenos profesionales, debe no sólo preocuparse por la felicidad sino hacerla uno de los pilares de su formación.

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