Impacto de que ahora hablemos 28% menos que hace 10 años en nuestras relaciones corporativas
miércoles, 29 de abril de 2026
En entornos corporativos, donde una reunión mal llevada puede hundir un acuerdo o donde la confianza entre equipos se construye en los pasillos, esa degradación tiene un costo real
Piense en su última jornada laboral. ¿Cuántas conversaciones tuvo de verdad? Sin correos, sin mensajes ni audios de WhatsApp, sin reacciones de emojis ni stickers, ¿cuántas veces interactuó con sus compañeros de trabajo frente a frente por un periodo de tiempo promedio sin interrupciones? Sí, en conversaciones de esas en las que hay que escuchar, pensar y responder en tiempo real. Probablemente menos de las que cree y, casi con certeza, menos que hace diez años.
Un estudio de las universidades de Missouri-Kansas City y Arizona, que analizó más de 2.000 personas durante casi 15 años, reveló que, entre 2005 y 2019, los seres humanos pasamos de pronunciar alrededor de 16.600 palabras al día a menos de 12.000, lo que evidenció una reducción de 28% en nuestra producción verbal y dejó entrever una tendencia que, según los propios investigadores, no ha hecho más que acelerarse desde la pandemia.
Entre las causas, resalta que la más evidente es la sustitución de la conversación por la comunicación escrita: donde antes había una llamada, hoy hay un mensaje de texto; donde había una charla con el cajero, hoy hay una aplicación o una estación de pago automatizada; donde había una consulta con el colega del escritorio de al lado, hoy hay un correo o un mensaje. A esto se suma la proliferación de los audífonos inalámbricos, que han convertido el aislamiento sonoro en una norma social que se traslada al transporte, las calles, los hogares y las mismas oficinas, donde las personas emiten una especie de señal silenciosa pero clara de que no están disponibles para conversar.
Además, hay un factor que se retroalimenta a sí mismo relacionado con nuestra capacidad de atención, la cual parece estar reduciéndose, provocando que sea cada vez más difícil sostener conversaciones largas o complejas. No obstante, también es posible que nuestra atención se deteriore precisamente porque conversamos menos. Sea cual sea la dirección de la causalidad, el resultado es el mismo: cada vez nos resulta más difícil estar presentes en un intercambio verbal real.
Este hecho tiene un gran impacto en cualquier dimensión del ser humano, especialmente el laboral; debido a que, según explicó Silvana Ahumada Moncada, docente de la Universidad de La Sabana y experta en comportamiento organizacional, "la frecuencia de las interacciones humanas está directamente relacionada con el desarrollo de habilidades sociales. Como cualquier competencia, estas requieren práctica. Cuando las interacciones disminuyen, existe un riesgo claro de deterioro en habilidades críticas para las dinámicas organizacionales: debatir con respeto, elaborar juicios críticos y generar espacios de cocreación. Preservar estas interacciones permite mantener a las personas en un estado de desarrollo constante y potencia el desempeño colectivo".
Hay que saber cuándo intervenir, cómo leer el silencio del otro, de qué manera sostener un argumento sin perder el hilo, todos puntos que se aprenden y se afinan. En entornos corporativos, donde una reunión mal llevada puede hundir un acuerdo o donde la confianza entre equipos se construye en los pasillos tanto como en las salas de juntas, esa degradación tiene un costo real.
"Somos seres sociales por naturaleza, y el trabajo, entendido como un espacio de relacionamiento, exige la creación y el mantenimiento de vínculos de valor. En un mundo cada vez más frágil, vulnerable, híbrido y digital, la interacción humana sigue siendo un factor protector y un driver clave que permite mitigar contingencias laborales, las cuales son inevitables en cualquier organización. Reducir este 'amortiguador relacional' se traduce en mayores niveles de irritabilidad, menor cooperación y un mayor esfuerzo para generar conexión entre las personas", recalcó Ahumada.
Y es que, si bien el problema es generacional, no es exclusivo de los jóvenes. La investigación encontró que las personas menores de 25 años pierden en promedio 451 palabras diarias cada año, mientras que los mayores de 25 pierden 314, evidenciando que, aunque todavía hay una brecha, la tendencia afecta a todos los rangos de edad, descarta la preferencia del chat como la única causa y revela que existen cambios estructurales en la forma en que vivimos y trabajamos que están reduciendo las oportunidades de conversar para todo el mundo.
En el contexto de una organización, eso se traduce en retroalimentación que no se da, ideas que no se verbalizan en la sala, negociaciones que se resuelven por correo cuando requerían una llamada, y relaciones entre colegas que nunca terminan de consolidarse.Sin embargo, Ahumada advirtió que la responsabilidad no solo recae en el individuo, sino también en el entorno. "En el mundo organizacional, no se puede atribuir exclusivamente al individuo la responsabilidad del relacionamiento. Hacerlo implicaría trasladar toda la carga a la persona, cuando en realidad el entorno organizacional juega un papel determinante. En ocasiones, se subestima la importancia del contexto: un buen clima laboral, espacios físicos cómodos, rituales cotidianos y experiencias que fomenten la interacción", dijo.
"Elementos aparentemente simples, como un saludo genuino acompañado de una sonrisa, tienen un impacto significativo en la calidad de las relaciones. Estos micromomentos contribuyen a la construcción de identidad y pertenencia", agregó.
La pandemia normalizó el trabajo remoto y, junto con él, una cultura de comunicación escrita y asíncrona que, aunque tiene sus ventajas y constituye un dinamizador en la vida personal de los trabajadores, ha profundizado el déficit conversacional. Factores como el teletrabajo, los equipos multiculturales y la mensajería asíncrona "aportan valor, pero también introducen barreras que pueden limitar la interacción espontánea y el diálogo cotidiano", detalló la experta. Pero no solo eso, la llegada de la inteligencia artificial generativa, que ya redacta correos, resume reuniones y responde consultas, amenaza con reducir aún más las ocasiones en que una persona siente que necesita hablar con otra.
Frente a este panorama, es crucial que las empresas reconsideren el tipo de conversaciones que promueven internamente y fomenten comunidades basadas en intereses comunes, especialmente porque, a juicio de Ahumada, "la escala de valor social ha cambiado: ya no nos conectamos únicamente por variables tradicionales como edad o etapa de vida, sino por afinidades e intereses compartidos".
La experta indicó que "otra estrategia clave es involucrar activamente a los colaboradores en la construcción de soluciones. Son ellos quienes viven la experiencia organizacional y, por tanto, quienes mejor pueden proponer iniciativas que fortalezcan el vínculo y la comunicación". Asimismo, las organizaciones deben promover procesos de sensibilización y alfabetización en torno a las conversaciones que hoy exige el mundo laboral, mediante el uso de diálogos centrados en el sentido, significado y aprendizaje.
"Las organizaciones deben diseñar experiencias que conecten a las personas con el propósito y el disfrute del trabajo en su día a día, fortaleciendo así las dinámicas relacionales y el tejido organizacional", reafirmó Ahumada.