Analistas 21/09/2026

¿Aló, con quién hablo?

Alberto Carrasquilla
Economista y ex ministro de Hacienda y Crédito Público de Colombia
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El tipo de reformas que una región como la nuestra requiere para romper con el estancamiento económico consignado en el Gráfico 1 exige diálogo democrático, confrontación respetuosa de ideas bien fundamentadas y, sobre todo, la implementación oportuna y eficiente de las propuestas e ideas que logren predominar en el debate.

Esto es bien difícil y, hasta ahora, ha resultado imposible. Lo malo es que, si no lo logramos, estaremos condenados a que se repita ad infinitum la secuencia de oportunidades perdidas que subyace a la larga línea roja del gráfico.

En el siglo XIX no logramos montarnos en el tren de la revolución industrial. Hacia 1950 no logramos montarnos al tren de la industrialización de la posguerra, en el que se montó Japón.

Gráfico LR

Hacia 1970 no logramos montarnos al tren de la informática, en el que se montaron los tigres asiáticos. Hacia 1990 no logramos montarnos al tren de la globalización postsoviética, en el que se montó Polonia. Y así.

Volviendo al tema, lo que pasa en la práctica es que aquello del diálogo democrático y la confrontación de ideas es bien complejo.

Por ejemplo, en la oleada 2024 de la encuesta que se hace desde hace muchos años en Latinobarómetro, que es estupenda, hay un par de preguntas que deberían arrojar un resultado muy similar, pero que, de manera muy relevante para el tema del debate democrático que requerimos, no lo hacen.

Gráfico LR

La primera pregunta va dirigida a la persona encuestada y le pide ubicar su propia posición dentro de una escala socioeconómica, con cinco alternativas, desde una posición “alta” hasta una “baja” en la escala.

La segunda la diligencia la persona encargada de ejecutar la encuesta -yo presumo que para ello recibe alguna preparación previa en la identificación objetiva del problema- y le pide evaluar la situación del hogar que está encuestando, con cinco opciones que van desde una situación “muy buena” hasta una “muy mala”.

Pues bien, resulta que las dos variables son completamente diferentes. En el Cuadro 1 se ve cómo, por ejemplo, más de 45% de la gente que se siente de clase “baja” es calificada como sujeta de un nivel socioeconómico “bueno” (30,75%) o “muy bueno” (14,74%) por el encuestador entrenado.

Gráfico LR

Por supuesto, esto tiene consecuencias. Por ejemplo, al evaluar si la distribución del ingreso en el país es “justa” o si, al contrario, es “injusta” (en una escala de cuatro peldaños), hay diferencias significativas entre las personas ubicadas en los dos extremos subjetivos, y en los dos extremos objetivos, como cabe esperar.

En uno y otro caso, la población más arriba en la escala considera que hay más justicia de la que percibe la población ubicada en la parte baja, y eso ocurre en las dos escalas, lo cual no sorprende.

Lo interesante es que las diferencias de opinión sobre un tema tan sensible políticamente son mucho más grandes entre personas que se sienten diferentes, respecto a las diferencias de opinión entre personas que son diferentes.

El Cuadro 2 muestra el resultado de un ejercicio que busca, justamente, medir esas diferencias, y la conclusión es que la percepción subjetiva explica muchísimo mejor la visión sobre justicia distributiva que la valoración objetiva. El coeficiente que busca captar la importancia de las diferencias percibidas subjetivamente es 3,5 veces más grande que el coeficiente que capta las diferencias más objetivas.

Mejor dicho: nuestras opiniones divergen más en función de lo que creemos que somos y menos en función de lo que en realidad somos socioeconómicamente.

Complicado eso del diálogo racional y democrático en un contexto tan posmoderno. Lo cierto es que aquello del diálogo democrático y la confrontación respetuosa de ideas tiene una dificultad importante que tenemos que sopesar: uno no siempre sabe exactamente quién está hablando.

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