¿Cuál clase media?
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La clase media, independientemente de cómo la midamos, ha aumentado su participación dentro del conjunto de la población colombiana. Para apoyar el argumento voy a hacer referencia a la distancia entre el flujo de ingreso mensual de un determinado hogar y la línea de pobreza definida por el Dane, que hoy día equivale a $1,9 millones para un hogar de cuatro personas.
En ese sentido, un indicador razonable, me parece, es definir la clase media como aquellos hogares que reciben mensualmente ingresos entre 2 veces ($3,8 millones) y 10 veces ($19 millones) dicha suma. Por debajo de ese umbral está toda la población en situación de pobreza y toda la población que, sin ser pobre en el sentido estadístico, es vulnerable a caer en la pobreza y mal haríamos en considerarla como parte de la clase media. Por encima del umbral de $19 millones, está más o menos 4% de la población.
El Gráfico 1 utiliza datos producidos por el Banco Mundial, con base en encuestas de hogares, y muestra la evolución de este segmento de la población colombiana durante el período 2000-2024. El resultado esencial salta a la vista: durante el último cuarto de siglo la clase media colombiana, como proporción de la población total, más que se duplica, pasando de 15% a 34%.
Hay una amplia literatura sugiriendo que esto es una buena noticia, no solo porque un número importante de personas salieron de la pobreza y de la vulnerabilidad, algo estupendo, sino también porque consideran que la clase media modera los ímpetus excluyentes de las élites, así como los impulsos populistas con que se suele atisbar a la población vulnerable y fortalece, en consecuencia, tanto la democracia como la estabilidad.
También se ha asimilado este desarrollo con un presunto espíritu empresarial que podría cimentar las bases de un proceso sostenible de crecimiento económico.
Contra esta lectura optimista, hay evidencia de que no siempre es el caso. El profesor Bryn Rosenfeld, por ejemplo, publicó un libro en 2021 sobre el tema en el caso de Europa Oriental tras la caída de la Unión Soviética, al que tituló con una elegante paradoja “La Clase Media Autocrática”. Su tesis central: en los 27 países que analiza, la respectiva clase media contiene una proporción importante de personas que dependen del Estado, y estas personas con frecuencia se oponen al avance democrático y a la modernización económica, contrario a los postulados optimistas.
En Colombia, al tiempo que se duplicaba la participación de la clase media en el ingreso, resulta que el Estado creció también de manera bastante sustancial sin efectos importantes ni para el crecimiento económico de largo plazo, ni para la equidad, pero, eso sí, con serias consecuencias para la sostenibilidad fiscal.
La pregunta de fondo es si nuestra incapacidad para avanzar al amparo de un Estado grande, como sí lo han hecho otros países, es una anomalía antidemocrática --una suerte de conspiración autocrática-- o, más bien, si se trata de una escogencia enmarcada en un equilibrio político apoyado por nuestro votante representativo, o votante mediano, como lo denominan los politólogos: el que está justo en la mitad de las preferencias de quienes votan.
El votante mediano colombiano es multidimensional, sin duda, pero es razonable pensar que su nivel de ingreso está asociado con parte importante de sus preferencias. Si ello es así, también cabe pensar que, en el agregado, las preferencias en materia de política pública han cambiado de manera importante a medida que la clase media urbana ha crecido como fracción de la población. Y si lo ha hecho, cabe preguntar: ¿en qué dirección?
Los hechos sugieren que, si en efecto, se ha venido dando un mayor peso de la clase media en el electorado, las cosas no van muy bien para la teoría optimista. No ha habido grandes avances en nuestros indicadores de democracia, ni ha habido un cambio importante en materia de crecimiento económico, equidad, calidad educativa, corrupción, y demás variables importantes para la clase media de los modelos teóricos.
Hay, por supuesto, dos posibilidades. La primera, que falta tiempo para que la clase media moderna logre poner en práctica su visión próspera y democrática del mundo. La segunda, que, en materia de preferencias sobre políticas públicas y democracia, nuestra clase media se parece más a la que estudió Rosenfeld en Europa Oriental que a la clase media de los modelos conceptuales más optimistas.