Analistas 03/08/2026

El marcador no es lo más triste

Alberto Carrasquilla
Economista y ex ministro de Hacienda y Crédito Público de Colombia

Cada tres años, desde 2009 cuando participamos por primera vez, muchos colombianos sentimos cierta intranquilidad esperando los resultados de la siguiente ronda de las pruebas Pisa, que miden el conocimiento y las capacidades de jóvenes de 15 años en tres áreas críticas: matemáticas, lectura y ciencias. Los de 2025 se conocerán en unas pocas semanas, y vale la pena prepararnos, recordando lo del 2022.

El Gráfico 1 muestra la razón de nuestra intranquilidad: en 2022 nos fue muy mal. En un indicador simple, que promedia los tres resultados específicos, nos ubicamos más de 75 puntos por debajo del promedio de los países de la Ocde, lo que equivale -según la entidad- a casi cuatro años de retraso respecto de un grupo de países que, a su vez, tiene un retraso de otros tres años (60 puntos) respecto a los países líderes.

Gráfico LR
Gráfico LR

Y lo cierto es que no hemos logrado avanzar un ápice en estos tres lustros. En el informe que discute los datos colombianos de 2022 leemos -intranquilos- que:

“Los resultados de Pisa han sido notablemente estables durante un largo período de tiempo: después de 2009, en los tres temas, solo se observaron fluctuaciones pequeñas y mayormente no significativas (…) En comparación con 2012, la proporción de estudiantes que obtuvieron calificaciones por debajo del nivel básico de competencia (Nivel 2) no cambió significativamente en matemáticas, lectura y ciencias.”

Bastante se ha discutido sobre el tema de la bajísima calidad de nuestra educación, y de esas discusiones han salido temas importantes sobre los cuales poco se ha logrado actuar, empezando por el hecho de que buena parte de lo que se enseña no es el resultado de un análisis de fondo, ni de decisiones de expertos en educación, padres y madres y directivos escolares, sino que es la imposición de un sindicato poco interesado en las mejores prácticas internacionales.

Un aspecto interesante, aunque poco discutido, surge de un componente de Pisa que es el cuestionario que, en paralelo al examen mismo, diligencian los mismos estudiantes. Allí se les pregunta por su vida escolar, su relación con los maestros, la credibilidad que le merece la institución educativa, y así.

Un indicador simple de lo que podríamos llamar la actitud de los estudiantes combina cinco factores contenidos en el mencionado formulario: (1) el sentido de pertenencia: “no me siento como un extraño en la escuela”; (2) motivación hacia las matemáticas: “creo que las matemáticas me van a servir más adelante”; (3) cumplimiento: frecuencia con la que se pierde una clase, se llega tarde o se “capa” una clase; (4) autoevaluación en matemáticas: “no me siento inhibida por los ejercicios de matemáticas”; y (5) apoyo del maestro: “siento que mi maestro me apoya”. En concreto, normalizo cada uno de los cinco rubros y pondero por el factor de expansión, con el fin de que en el promedio obtenido ninguno de ellos domine el resultado.

Se trata, pues, de un indicador que evalúa la disposición de los estudiantes a sacarle el jugo a su proceso educativo. Un indicador alto sugiere que la actitud correcta está presente y que hay materia prima para emprender un proceso exitoso. Un indicador bajo indica lo contrario. Quienes nos paramos frente a un salón de clase sabemos cómo esa actitud dificulta y entorpece.

Pues bien, contrario a lo que resulta en el examen mismo, en materia de actitud los jóvenes colombianos son bastante destacados: tenemos un gran viento a favor, como lo muestra el Gráfico 2.

La realidad es que hay una asimetría enorme entre la disposición que tienen los estudiantes colombianos, que se ubica en 20% más alto a nivel mundial, y los resultados que logran, los cuales se ubican en el extremo opuesto, en 30% más bajo a nivel mundial.

Yo pienso que esto es aún más triste que los resultados mismos. El país logra entusiasmar a su juventud, pero le termina fallando a su juventud, y en materia grave, a la hora del té.

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