Preocupación top
En Colombia ya se ha escrito mucho sobre los malos resultados de las pruebas Pisa de 2025, frecuentemente con gran tino. Me parece importante plantear, sin embargo, dos temas que, hasta donde he leído, no se han discutido lo suficiente.
Primero, ya lo veíamos en este mismo espacio al examinar los resultados de 2022: hay una brecha enorme y triste entre lo que nuestra juventud recibe de nosotros como sociedad en materia educativa, que se refleja en los patéticos resultados, de una parte, y la actitud de nuestros jóvenes hacia la educación y la institucionalidad escolar, de otra parte.
El Cuadro 1 ilustra el primer punto que quiero plantear, contrastando a los estudiantes colombianos con los de la Ocde, en promedio, y con aquellos cuya región obtuvo los mejores resultados del mundo.
En términos comparativos, los jóvenes colombianos creen que están recibiendo una educación útil, esperan proseguir sus procesos de formación durante varios años más, hablan con frecuencia con sus familias sobre la importancia de ser pilos, y muchos dudan (38%), aunque no de manera exagerada frente a otros países, de que puedan mejorar su condición de vida en el futuro. Todo ello, pese a que, además de estudiar, a la mayoría de estos quinceañeros (54%) les toca trabajar.
En el panel inferior están las cifras de los titulares, complementadas con un cálculo que hacen los técnicos de la Ocde para estimar el número de años de atraso que significan semejantes brechas en el marcador final. Según ellos, cada 20 puntos equivalen a un año. En matemáticas, por ejemplo, una joven colombiana de 15 años tiene las mismas capacidades que una niña de 11 años en el resto de la Ocde y, estadísticamente, las de un recién nacido en China.
Todo esto se sabe desde el instante en que nos despertamos a la realidad comparativa en 2006, cuando la ministra Cecilia María Vélez y el presidente Uribe se empeñaron en medirnos el aceite educativo en esta prestigiosa prueba internacional, aun intuyendo el baldado de agua fría que se veía venir. Se sabe, pues, desde hace 20 años, pero no se ha hecho nada verdaderamente importante.
Yo intuyo que detrás de la decisión de no hacer nada de fondo hay un equilibrio político difícil de cimbronear. Un equilibrio respaldado no solo por los monopolistas de la enseñanza pública, a quienes la calidad les resbala, sino también por gente con capacidad, al menos presunta, de hacer lo que hay que hacer. Dar la pelea no vale la pena, pues la relación costo-beneficio no les cuadra, en buena medida debido a que mucha gente siente que en el equilibrio vigente sus hijos y nietos están aislados del problema. Que estos jóvenes asisten a colegios privados a los que les ha ido bien en las pruebas Saber toda la vida. Que, en el fondo, eso de Pisa es problema de otros, un lío para que los demás le metan la ficha.
Y aquí viene mi segundo punto: eso es carreta. El Cuadro 2 muestra la ubicación de dos definiciones del top colombiano: 1% y 10% de mejor desempeño. En el primer caso, este top 1% se ubica en el nivel 4, a tres años (62 puntos) de alcanzar el nivel 5 de calidad alta. En el segundo caso, este top 10% está en el nivel 2, que la Ocde considera el mínimo funcional.
La conclusión es clara. Primero, nosotros, como sociedad, les estamos fallando a los estudiantes de manera grave, pues hemos creado un abismo entre el entusiasmo que les generamos con su educación y lo que efectivamente les brindamos en esa materia. Segundo, el abismo que hay entre la mayoría de los estudiantes colombianos y el top nacional no tiene mucho que envidiarle al abismo entre estos estudiantes top y una verdadera educación de calidad.
Mejorar la calidad de la educación es un propósito que nos debería convocar a todos, porque todos la padecemos y la seguiremos padeciendo por años y hasta décadas. Eso nos dicen con claridad las cifras desde hace 20 años. ¿No va siendo hora de cimbronear el equilibrio?