Los marielitos de Cúcuta

Alberto J. Bernal-León

El éxodo del Mariel fue un movimiento en masa de cubanos que partió del Puerto de Mariel hacia EEUU entre el 15 de abril y el 31 de octubre de 1980. El origen de este éxodo está en el asalto a la embajada del Perú por parte de un grupo de civiles cubanos. Su objetivo era entrar al recinto y solicitar asilo político. Durante el asalto, el custodio de la embajada, Pedro Ortiz, se auto dispara con su arma cuando intentaba hacer uso de ella. Trágicamente Ortiz muere camino al hospital.

En respuesta a eso, el presidente cubano Fidel Castro amenaza a la embajada del Perú con retirar la protección si no entregan a los asaltantes. La embajada del Perú se niega y les concede protección diplomática. El dictador Fidel Castro cumple su amenaza y hace público que todo el que quiera asilarse en la embajada podrá hacerlo sin represalias.

La respuesta de la población desborda las previsiones de la dictadura cubana, y en cuestión de días, más de diez mil cubanos se refugian en los jardines de la embajada. Ante esta situación desesperada, Castro autoriza a que los exiliados en Miami que quieran recoger a sus familiares atraquen sus embarcaciones en el puerto del Mariel, al oeste de La Habana, y se lleven a todo el que quieran –de ahí los “marielitos”. Según datos oficiales, más de 125 mil cubanos salieron por el puerto del Mariel.

Cúcuta es el Puerto de Mariel del dictador Nicolás Maduro. La historia es exactamente la misma. Los venezolanos están huyendo en masa de la tragedia que está viviendo su país por la misma razón que los cubanos han venido abandonando la isla por décadas. La triste realidad es que los cubanos y los venezolanos se han visto obligados a abandonar su lugar de origen porque triunfó la “política de la envidia” en sus respectivos países.

¿Qué es la política de la envidia, se preguntará el lector? La política de la envidia es votar a favor del malestar personal si se garantiza que ese malestar también afecte al vecino de forma similar o, mejor aún, peor.

Recuerdo que hace como ocho años veía en televisión un reportaje en NTN 24, donde le preguntaban a la gente en Venezuela, que esperaba bajo el sol sofocante para entrar a un supermercado en Caracas, que qué pensaba de tener que hacer cola por ocho horas para comprar pollo, a lo que contestó una señora de unos 45 años, chavista, obviamente, lo siguiente: “a mí no me importa hacer cola porque se que los sifrinos de Las Mercedes hoy en día también tienen que hacer cola para comprar pollo”. Me atrevería a pronosticar que esa misma señora que contestó eso en una cola en Caracas hace unos años, hoy está durmiendo a la intemperie en un andén o en un parque de Cúcuta.

El próximo presidente de Colombia va a tener que lidiar con esta crisis humanitaria que está afectando la frontera, y lo tendrá que hacer con un fisco que no da mucho espacio para la generosidad, pues el presupuesto de Colombia ya de por sí está extremadamente restringido por la rigidez del gasto.

La idea de Iván Duque de redirigir parte de los recursos comprometidos para financiar el trabajo de las Naciones Unidas en Colombia para con lo del posconflicto puede ayudar un poco a lidiar con esta situación tan complicada.

Eso sí, la prioridad número uno tiene que seguir siendo que Colombia NO elija a un presidente que tiene afinidad con la ideología que creó a los marielitos de Cúcuta.

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