Petróleo, más que necesario

Alberto J. Bernal-León

Hace unos días alguien me hizo acordar de Michael Porter, profesor de desarrollo económico de la Universidad de Harvard. Alguien me recordó que Porter había dicho hace algunos años en Bogotá que lo peor que le podría pasar a Colombia sería encontrar más petróleo. Porter es un fiel creyente de lo que la literatura económica denomina “la maldición del petróleo” (the oil curse). Un claro ejemplo del “oil curse” es Venezuela, otro podría ser Angola. El Dr. Porter siempre ha argumentado, con toda la razón, que el bienestar y el desarrollo económico real solo vienen de la mano de la mejora en la infraestructura física y humana de un país, y de la consecuente creación de nuevas industrias que generen valor agregado.

Encuentro dos problemas específicos con la visión del profesor Porter en lo que tiene que ver con el caso específico de Colombia. Para comenzar, es claro que Venezuela y Angola muestran los riesgos que implica tener mucho petróleo cuando las instituciones no están a la altura de las circunstancias. Pero Noruega y Canadá también demuestran que la situación puede ser completamente diferente, si los países hacen las cosas bien.

Sin duda sería increíble que Colombia pudiera llegar a ser una potencia en algo diferente al petróleo. ¿Se imaginan que Apple decidiera mañana que va a ensamblar el futuro IPhone X en Mosquera, Cundinamarca? ¿Se imaginan la cantidad de empleo que eso generaría? Ahora, esperar esa clase de sucesos no es realista. Sería hasta viable llegar a esperar que en los próximos años Colombia se convierta en un lugar atractivo para la agroindustria y el ensamblaje de aviones, por ejemplo, pero el país está muy lejos de tener una infraestructura de educación que permita la opción de volverse una potencia mundial en inteligencia artificial, por ejemplo.

¿Ahora, qué se necesita para lograr que el país se vuelva una potencia en la agroindustria? Pues se necesita, entre otras muchas cosas, que el país acepte que el camino a seguir en el desarrollo es el latifundismo, de la mano de altísimas inversiones en capital, pues Colombia es mucho menos competitiva que Australia, Argentina, Brasil, o EE.UU. en agroindustria. Me parece difícil pensar que podamos llegar a ese consenso nacional en este momento político donde el péndulo está avanzando a la izquierda (lo último que quiere oír hoy el colombiano es la posibilidad de que la tierra se aglomere aún más).

Por el lado de la manufactura, nuevamente el péndulo político está empujando a la izquierda, con la gente demandando que el país vuelva al pasado en legislación laboral, donde la contratación formal era aún más cara. Hace un tiempo me decía un industrial amigo que tiene plantas en Colombia, Brasil, y México, “Alberto, te cuento que la cuestión laboral en Colombia, comparado con México, es una locura. Y eso que México ya para comenzar es terrible…”.

La realidad es que crear industria en Colombia es realmente complicado. Es ilógico pensar que Colombia le va a poder quitar manufactura a México mientras las condiciones de contratación y de impuestos en Colombia sean menos competitivas que las de México.

Por lo tanto, es necesario seguir apostándole al petróleo, por lo menos hasta cuando la sociedad logre entender que la competencia mundial por el capital productivo y las empresas generadoras de empleo es inmensa. Mejor dicho, hasta que los colombianos comencemos a pensar como piensan las personas en Singapur.

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