Analistas 24/06/2026

Las urnas hablaron: esto no es solo cuestión de libertad

Alejandro Moreno-Salamanca
Profesor en IESE Business School

Muchos colombianos sentimos alivio al conocer el resultado de las elecciones. Sin embargo, cometeríamos un grave error si concluyéramos que la estrechez de la votación se explica únicamente por la corrupción, la coerción armada o la ausencia del Estado en algunas regiones del país.

Es cierto que duele pensar que pudo haber manipulación y votos condicionados en ciertos territorios. Si ese fenómeno existe, debe denunciarse y enfrentarse con toda la fuerza del Estado de derecho. Pero sería intelectualmente deshonesto atribuirle toda la explicación de lo ocurrido.

Bogotá debería obligarnos a reflexionar. Allí, donde los ciudadanos conocen de primera mano la experiencia de gobierno de Gustavo Petro como alcalde, la opción de continuidad ideológica obtuvo una ventaja contundente. Ese dato no puede despacharse apelando a la ignorancia de los votantes ni a teorías simplistas sobre manipulación política. Cuando miles de personas expresan una preferencia electoral, la democracia exige escuchar antes de juzgar.

Quizá el mensaje de fondo sea más incómodo. Hay una parte significativa de la sociedad colombiana que sabe que las oportunidades siguen distribuyéndose de manera profundamente desigual. Personas que señalan que el lugar donde nacen, el colegio al que asisten, las redes familiares que poseen o el barrio en el que crecen siguen condicionando excesivamente sus posibilidades de progreso. Mientras esa realidad persista, las propuestas que prometen transformaciones radicales continuarán encontrando terreno fértil.

Por eso, el reto del nuevo gobierno no consiste únicamente en administrar bien la economía. Gobernar significa también comprender a quienes no votaron por él, a quienes desconfían del modelo institucional y a quienes sienten que los beneficios del crecimiento nunca llegaron a sus vidas. La legitimidad democrática se fortalece cuando quienes ganan son capaces de representar también a quienes perdieron.

Y quizá esa misma reflexión debería alcanzar al empresariado colombiano. Defendemos, con razón, la libertad económica, la iniciativa privada y el mérito. Son pilares irrenunciables de una sociedad próspera. Pero también debemos preguntarnos con honestidad cuántas de nuestras oportunidades fueron fruto exclusivo de nuestro esfuerzo y cuántas estuvieron asociadas a circunstancias que no elegimos: una familia estable, una buena educación, un entorno seguro o un territorio con presencia institucional.

¿Qué habría sido de muchos de nosotros si hubiéramos nacido en alguno de los municipios más golpeados por la violencia, la pobreza o el abandono estatal? Es una pregunta incómoda, pero necesaria.

La discusión no debería plantearse entre mérito e igualdad. Esa es una falsa dicotomía. Las sociedades exitosas no destruyen los incentivos al esfuerzo, pero tampoco aceptan que el punto de partida determine de manera definitiva el destino de las personas. La verdadera aspiración no es la uniformidad de resultados, sino la equidad en las oportunidades.

El país que necesitamos es uno que preserve la libertad, pero que amplíe las posibilidades de ejercerla. Mas no nos equivoquemos: esto no es solo cuestión de libertad. Cuando una persona nace atrapada en condiciones que limitan severamente sus opciones de vida, hablar de libertad resulta insuficiente. La tarea de los próximos años no consiste únicamente en reactivar la economía o recuperar la confianza inversionista. Consiste, además, en construir las condiciones para que más colombianos puedan participar de manera efectiva en la creación de prosperidad.

Educación de calidad, seguridad, instituciones confiables, movilidad social y acceso real a oportunidades no son consignas de izquierda ni de derecha. Son las condiciones mínimas para la sostenibilidad de una democracia liberal y de una economía de libre mercado.

Si aspiramos a una paz verdadera y duradera, debemos tomarnos en serio la construcción de una sociedad más justa. Porque una democracia sana no se sostiene únicamente sobre la libertad de elegir, sino también sobre la esperanza razonable de progresar. Cuando esa esperanza se desvanece, las urnas terminan diciendo lo que durante años preferimos no escuchar. Por eso vale la pena preguntarnos: ¿qué estamos haciendo tú y yo para construir una Colombia más justa?

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