Analistas 07/08/2026

Las mentiras que nos contamos

Alejandro Ortíz
Profesor del Inalde Business School

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¡Ahora sí! Esa es la frase que he oído las últimas semanas en reuniones, pasillos, redes sociales, y que aparece en Colombia cada cuatro años con la promesa implícita de que de aquí en adelante el progreso se acelerará. El optimismo es entendible porque un cambio de gobierno abre una ventana real de importantes decisiones. Sin embargo, buena parte de lo que nos frena como empresas y sociedad no ocurre con decisiones del gobierno central, sino en nuestros propios comités directivos, donde repetimos tres mentiras cómodas.

La primera es que el problema siempre es de otros. Un buen ejemplo de esto es el resultado de la Encuesta Nacional Logística del DNP, que muestra que el costo logístico colombiano pasó de 17,9% de las ventas en 2022 a 15,6% en 2024. La mejoría es evidente. Sin embargo, al analizar la composición, el almacenamiento e inventarios suman 40,1% del total. Cuatro de cada diez pesos que se gastan en logística no están en la infraestructura vial ni en los puertos. Y ahí no hay gestión de ningún nuevo ministro ni política de estado. Pesan decisiones propias, estimaciones de demanda que no monitoreamos, proveedores elegidos por comodidad y la falta de estrategias efectivas de suministro.

La segunda mentira es que la competitividad se decide en la tasa de cambio. Cuando el dólar nos favorece, nos sentimos competitivos y registramos un resultado que no construimos. Cuando deja de favorecernos, buscamos responsables en el mercado. No es usual que la junta directiva de una compañía exportadora priorice el desarrollo de un mercado nuevo cuando el dólar está alto. Los buenos años se van en celebrar el margen y en aplazar la discusión estratégica que importa: la de saber de qué tres o cuatro clientes dependemos y qué pasaría el día que uno de ellos decida cambiarnos como proveedor. Creemos que la exposición al dólar se controla con un derivado financiero. Pero lo que de verdad la reduce es una diversificación de mercados que se construye con los años.

La tercera mentira es creer que nuestros incumplimientos son problemas técnicos. Cuando una entrega se retrasa, el diagnóstico casi siempre apunta a un sistema operativo, a proveedores o a procesos, pero no a la conversación que no se dio. Se pierden clientes por demoras en las fechas prometidas y, en la mayoría de los casos, hay alguien que lo sabe con anticipación y prefiere no decirlo. No hay sistema alguno de planeación que corrija esto. Solo lo corrige una cultura y un directivo que pregunte qué se está quebrando y que agradezca la respuesta incómoda para tomar acción.

Es cierto: hay cosas que solo un gobierno puede gestionar -conectar los corredores de carga con los puertos, simplificar de verdad los trámites de la aduana y garantizar la seguridad vial-. Pero el país que queremos ser no se decide cada cuatro años los 7 de agosto, sino en las decisiones de abastecimiento que tomamos al día siguiente, cuando ya nadie está mirando. Preguntémonos cuál de estas mentiras sigue viva en nuestra operación. Esa es la que más plata nos está costando, no la del gobierno de turno.

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