Analistas

Destruyendo hitos

Alejandro Vera Sandoval

La independencia del Banco de la República permitió que viviéramos un proceso desinflacionario y de inflación baja y estable por dos décadas. Ese hito económico cambió la vida del país, creó mercados de largo plazo (en créditos de vivienda), redujo la pobreza al potenciar el crecimiento del ingreso real y contuvo la desigualdad, beneficiando más a los hogares de bajos ingresos.

Durante años se dejó de hablar de inflación en Colombia y nos empezamos a preocupar por el resto de los problemas económicos. Sin embargo, la narrativa reciente ha vuelto a desenterrar algo que se creía sepultado.

Lo que se pretende imponer ahora, repitiendo y repitiendo, es que los instrumentos que controlan la inflación no importan o se usan de manera inadecuada. Se busca culpar a la autoridad monetaria de una gran cantidad de problemas, que en general son autoinfligidos por el propio Gobierno, y, sobre todo, se pretende que las discusiones sean ideológicas, cuando hay ejemplos internacionales que contradicen todo lo que se repite.

Se pretende confundir con términos sofisticados cuando conviene (elasticidades sectoriales), pero se anulan cuando no (expectativas). La realidad, repetida en todo el planeta, es que cuando todos los agentes esperan un incremento de los precios, porque la economía crece más de lo que debería (a punta de deuda) y los costos son inflados artificialmente (el salario mínimo), ese incremento se valida con un cierto nivel de rezago (lo veremos a medida que pasan los meses).

No obstante, el debate ideológico muestra que la discusión no va para ningún lado y, por eso, si queremos encausarla ante la opinión pública, es momento de mostrar a quién beneficia y a quién perjudica un alto nivel de inflación.

Los grandes beneficiados son los que se endeudan en moneda local (pesos) y a tasa fija. En este caso, algunos de los deudores en la modalidad de consumo y, sobre todo, los hogares de altos ingresos que toman créditos para vivienda No-VIS resultarían beneficiados en el corto plazo, mientras las entidades financieras reacomodan su estructura de ingresos y fondeo a la nueva realidad. Pero habría un mayor beneficiado: el Gobierno, que vería cómo la inflación licúa su deuda, con consecuencias preocupantes: pérdida de la reputación y menos inversionistas interesados en financiarnos.

En cambio, el grueso de los ciudadanos sería altamente perjudicado. Por ejemplo, los hogares más vulnerables, que gastan un alto porcentaje de su ingreso (24%) en comprar alimentos o que se endeudan a tasa variable, que depende de la inflación (UVR), para comprar vivienda VIS; el empleado que ve cómo cada día (semana u hora, como en algunos vecinos latinoamericanos en el pasado) le alcanza menos su ingreso; o el empresario que enfrenta mayores costos financieros, pues 50% de los créditos empresariales están colocados a tasas variables y tiene menor posibilidad de inversión.

Al final, solo quien tiene alta sofisticación financiera o transa grandes cantidades podría hacer frente a escenarios de mayor inflación; el grueso de las personas vería una pérdida neta de sus ingresos y de su calidad de vida.

Por eso es sorprendente que nos dejemos dividir al momento de defender este logro. La contención de la inflación y la universalización de la salud fueron los dos grandes hitos que nos hicieron más prósperos al compararnos con el país de nuestros padres, y hoy los estamos arriesgando.

TEMAS


Banco de la República - Política Monetaria