El contragolpe
miércoles, 17 de junio de 2026
Alejandro Vera Sandoval
Hace pocos días comenzó la nueva cita del fútbol global. Durante casi un siglo, el Mundial ha sido el único evento capaz de detener el aliento de millones, sobreviviendo a todo, salvo una guerra mundial.
Sin embargo, este torneo hoy enfrenta tres desafíos que son el espejo de nuestra era. El reto climático, pues es un Mundial con pausas obligatorias en los partidos por temperaturas superiores a los 28°C.
El reto de coordinación, ya que con 48 selecciones y la sede tripartita se pondrá a prueba la capacidad logística de países, deportistas y aficionados. Finalmente, el reto de costos, con unos precios dinámicos que han llevado el valor de los boletos de entrada a máximos históricos.
Y, en sostenibilidad, tenemos otro mundial por jugar bajo condiciones similares. En materia climática, el planeta superó por primera vez en 2024 el umbral de 1,5°C adicionales a la temperatura de épocas preindustriales, que era lo que se había mencionado como sostenible en el Acuerdo de París de 2015.
En coordinación, la fragmentación política internacional está elevando los conflictos globales e impide llegar a acuerdos. Y en costos, las pérdidas asociadas a catástrofes climáticas se han duplicado desde 2018 y ascienden hoy a US$2,3 billones.
Colombia se ha venido preparando para competir en ese Mundial de la Sostenibilidad, siendo líder en el escalafón global y, en este camino, la banca actúa como capitán del equipo.
En el frente climático, el crédito verde creció 60% en solo tres años y cerró en $30 billones en 2025. En términos de coordinación, desde 53% de las juntas directivas de los bancos, el máximo nivel jerárquico, ya se están dando directrices en materia ASG. Y en materia de costos, el año pasado $126 billones de cartera se evaluaron a través del Saras y 76% de las entidades ya ha integrado los criterios ASG en sus evaluaciones de riesgo.
Pero en el fútbol, como en las finanzas, llegar bien físicamente no basta para alzar la copa. La historia la escriben quienes tienen identidad. Así como Brasil se inmortalizó con el jogo bonito, Italia con el catenaccio y España con el tiqui-taca, Colombia necesita su propia impronta para competir en sostenibilidad. Esa estrategia debería ser el contragolpe.
Ante las presiones que recibimos, el contragolpe implica recuperar el balón, abrir la cancha, apoyarse en quienes tienen experiencia y definir con precisión. En sostenibilidad, eso significa ampliar la visión de lo que queremos financiar, no solo respaldar lo que ya es verde hoy, sino también acompañar la transformación de aquello que debe ser verde en el futuro.
Para Colombia, esto implica potenciar una de sus mayores ventajas comparativas: su biodiversidad y riqueza natural.
Además, debemos aprovechar la experiencia y avanzar en una agenda de silver economy en articulación con el gobierno. Y, una vez estemos frente al arco, debemos aumentar el marcador, es decir, elevar los $164 billones colocados hoy en cartera sostenible.
El Mundial de la Sostenibilidad no se definirá por quién tenga los mejores discursos, sino por quién logre convertir sus estrategias en resultados. La banca colombiana ya asumió su rol dentro del equipo. Ahora necesitamos que el país juegue el mismo partido, con una visión compartida. Porque en un mundo cada vez más complejo, la verdadera ventaja no está en copiar la fórmula de otros, sino en encontrar nuestro propio estilo de juego.