Pagar a tiempo sí paga
Los colombianos son muy buena paga. Según las centrales de riesgo, más de 90% de los colombianos que tienen alguna deuda activa la pagan con puntualidad. Ese elemento se vuelve fundamental para el buen funcionamiento del sistema financiero, su estabilidad y la confianza de cada uno de los actores.
No obstante, incidentes recientes han puesto sobre la mesa una preocupación creciente en este frente. En efecto, normas que promueven el borrón de la información crediticia, en detrimento de aquellos a quienes dicen defender, o que facilitan el uso fraudulento de una herramienta tan necesaria y positiva como la insolvencia ponen en el reflector la necesidad de insistir en la importancia de la buena cultura de pago y su papel como activo para el ciudadano.
La cultura de pago es el conjunto de normas, hábitos y expectativas compartidas para que cumplir sea lo esperado en una comunidad y haya confianza en la financiación y el inicio de proyectos. Ella depende estructuralmente de dos elementos que, en Colombia, tienen bastantes oportunidades de mejora.
Por un lado, el nivel de ingresos de los hogares. En una economía donde la informalidad llega a 55%, la volatilidad de las fuentes de ingreso es alta, por lo que se vuelve clave fomentar la cultura del ahorro familiar, al tiempo que la política pública ayuda a dar incentivos para elevar la contratación formal.
Por otro lado, los niveles de educación financiera. Según Banca de las Oportunidades, Colombia tiene un puntaje de capacidades financieras que ha venido descendiendo en los últimos años, y en las comparaciones internacionales tampoco nos va bien. Ante esto, es claro que se necesita una política pública integral e intersectorial en esta materia, que arranque desde la primera infancia. Algunos proyectos de ley recientes ya atacan esta falencia.
Esto evidencia que mejorar la cultura de pago es bien difícil, mientras que afectarla es sencillo. Como vimos, las políticas públicas detrás de su impulso implican cambios estructurales que no tienen resultados tan rápidos como quisiéramos. Por ello, lo que debemos evitar a toda costa es la erosión del activo que ya tenemos como país.
Aquí hay dos cosas en las que podemos trabajar en el corto plazo. En primer lugar, profundizar soluciones de rebancarización. En un país donde, en promedio, solo 12% de los que salen del sistema son recuperados, hay un “caldo de cultivo” para medidas populistas que afectan la cultura de pago. Si logramos avanzar en darles una segunda oportunidad a aquellos que de verdad quieren regresar y fueron afectados por shocks negativos e inesperados en el pasado, le daríamos una solución real a la exclusión crediticia y fortaleceríamos la cultura de pago, sobre todo entre quienes conocen en carne propia las consecuencias de estar fuera. Esto requiere el esfuerzo de las entidades financieras, pero también el apoyo de la política pública.
Y, en segundo lugar, transmitir a través de todos los actores (entidades, gobierno, academia) y por todos los canales el mensaje correcto. Eso implica avanzar en instrumentos que fomenten el ahorro, enseñen las ventajas de tener un buen historial crediticio y resalten que los atajos solo llevan a la exclusión financiera.
La historia de millones de familias y empresas muestra que pagar sí paga. Por ello, todos debemos preservar y cuidar este activo que garantiza que el sector financiero pueda seguir cumpliendo los sueños del país.