Análisis

El turismo que se mueve desde las alturas

Alejandro Zambrano

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Cuando hablamos de teleféricos, solemos pensar primero en movilidad urbana. Es natural. En América Latina, estos sistemas han demostrado su capacidad para conectar barrios, reducir tiempos de viaje y complementar redes de transporte público en ciudades de geografía compleja. Pero esa no es la única historia. Los teleféricos turísticos, o sistemas Point of Interest, cumplen una función distinta, aunque igual de poderosa. No siempre nacen para resolver un problema masivo de movilidad cotidiana, sino para conectar personas con lugares únicos.

Colombia y Doppelmayr conocen bien ese potencial. En el Parque del Café, el cable hace parte de una experiencia turística que permite recorrer el paisaje cafetero desde otra perspectiva. En Santander, el Cañón del Chicamocha y el Cerro del Santísimo han mostrado cómo sus dos sistemas aéreos pueden convertirse en un atractivo en sí mismos, capaces de ampliar la oferta de una región y conectar al visitante con una geografía imponente.

En Bogotá, Monserrate sigue siendo uno de los símbolos turísticos y religiosos más importantes del país, y la renovación de su funicular representa una apuesta por preservar un ícono de la ciudad con mejores estándares de seguridad, confiabilidad y experiencia para los visitantes.

Estos proyectos demuestran que un teleférico turístico no se limita a transportar pasajeros. También mueve la economía. Al mejorar el acceso a un punto de interés, se fortalecen restaurantes, comercios, hoteles, guías, operadores turísticos, servicios culturales y emprendimientos locales. Un sistema de este tipo puede ampliar la permanencia de los visitantes, diversificar los recorridos y generar nuevas razones para volver a un destino. Donde antes había un atractivo aislado, puede empezar a consolidarse un ecosistema económico alrededor del turismo.

La región también empieza a mostrar ejemplos importantes. En Santiago de Chile, el nuevo teleférico Pío Nono amplía la experiencia del Parque Metropolitano y conecta puntos estratégicos de uno de los principales espacios turísticos y recreativos de la ciudad. En Lima, el proyecto Vaivén Miraflores busca unir el malecón con la Costa Verde y convertirse en un nuevo punto de interés para residentes y turistas. En México, desarrollos como la góndola de Vidanta muestran cómo el transporte por cable también puede integrarse a proyectos turísticos y de entretenimiento, y generar valor alrededor de la experiencia del visitante.
La clave está en entender que estos sistemas deben planearse con la misma seriedad que cualquier infraestructura estratégica.

No basta con tener una buena vista. Un teleférico turístico necesita demanda, integración con el entorno, accesos adecuados, operación segura, sostenibilidad financiera y una relación clara con la vocación del territorio. Cuando esos elementos se alinean, el cable puede convertirse en una herramienta de desarrollo local.

Por eso, los teleféricos turísticos deben entenderse como algo más que una atracción. Bien concebidos, pueden ser motores de desarrollo, herramientas de ordenamiento, plataformas de turismo sostenible y símbolos de identidad territorial. En un país como Colombia, con montañas, cañones, parques, centros históricos y paisajes únicos, mirar hacia arriba no solo puede mejorar la movilidad. También puede abrir nuevas oportunidades para las regiones.

Al final, el turismo no depende únicamente de tener lugares hermosos. Depende de poder llegar a ellos, disfrutarlos con seguridad y conectarlos con una economía local que se beneficie de esa visita. Ahí es donde los teleféricos tienen un papel cada vez más relevante. Porque cuando un sistema aéreo está bien integrado al territorio, no solo eleva personas. También puede elevar destinos, economías y oportunidades.

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