Analistas 09/07/2022

¿A quién admiras?

Alfonso Aza Jácome
Profesor de Inalde Business School

Estoy seguro de que todos hemos conocido personalmente a alguien especial que nos ha marcado profundamente por su particular modo de ser. Son personas que nos han impresionado por algún rasgo de su carácter. Sin embargo, esa condición, que brilla especialmente para nosotros, a veces, pasa desapercibida para muchos otros e, incluso, para ellos mismos.

Por lo general, y mirado con perspectiva, esas cualidades que nos deslumbran no son grandes cosas sino detalles de la vida ordinaria, vividos con constancia y sencillez. Esas personas, como cualquier otro ser humano, tienen sus límites y hasta defectos porque no son ángeles sino seres humanos. En realidad, la profunda huella que dejan en los demás consiste en lograr que otros hombres y mujeres “descubran algo” que les permite encontrar el sentido de sus propias vidas.

La naturalidad con la que esos héroes anónimos viven cada una de esas pequeñas acciones que los hace tan especiales es, paradójicamente, extraordinaria. Si les preguntas por qué actúan de esa manera se sorprenderán y, posiblemente, respondan que no hacen más que lo que debían hacer y, por tanto, no hay nada de qué asombrarse. Hacen fácil lo difícil. Son personas que tienen una personalidad natural, sin sofisticación, libre de pretensión o cálculo. Se nota que se mueven a sus anchas por la vida.

Porque cuando un comportamiento es forzado, fingido o poco natural se percibe rápidamente en la mayoría de los casos. Tratar de disimular ciertos defectos llama mucho más la atención que no dar importancia a esas carencias.

La naturalidad de una persona es uno de sus grandes valores, que algunas veces se pierde por “encorsetarse” demasiado ateniéndose a imposiciones poco claras o convencionalismos ridículos. Aunque, debo aclarar que ser natural y auténtico no significa ser descortés, grosero o maleducado.

Más bien, el atractivo de esas personas consiste en la fuerte conexión entre lo que piensan, lo que dicen y lo que hacen que da coherencia a sus vidas. Además, su modo de proceder obedece a unos principios firmes y claros que no cambian, aunque les toque navegar contracorriente. Por eso son confiables y también predecibles.

Independientemente del ámbito en el que se desenvuelvan, ya sea profesional, social o familiar actúan con autenticidad y unidad de criterio. No son individuos diferentes en sus casas y en sus trabajos. No hay contraposición ni antagonismo en sus vidas. Son siempre la misma persona que se desenvuelve y desarrolla en cada uno de esos ámbitos. En definitiva, son personas “de una pieza”. Y terminan siendo, quizá sin pretenderlo, un punto de referencia, un amigo del que cabe fiarse, que mantiene la palabra, que está disponible cuando se le necesita. Alguien que sabe compatibilizar la verdad y la justicia con la comprensión con los demás.

En mi vida he tenido la gran fortuna de conocer varias personas así, maestros de verdad, amigos auténticos que me han enseñado sin reservas todo cuanto he querido saber; no he necesitado de artimañas para “robarles” su ciencia, porque me han indicado el camino más fácil, aunque a ellos les haya costado duro trabajo y sufrimientos descubrirlo... Por eso, desde aquí, va mi agradecimiento para todos ellos. Y confieso además que les guardo una profunda admiración.

TEMAS


valores compartidos - Éxito profesional