Analistas 13/08/2026

Cultura y convivencia sostenible

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Crecen las voces que buscan hacer de la cultura otro frente de guerra, otro campo de batalla y convertirla en recurso estratégico para que algunos grupos identitarios, en su propósito de hacerse hegemónicos, impongan su propia ideología a todos los demás, porque asumen que solo la suya satisface los estándares de lo que es bueno, bello, verdadero y representativo del sentido común.

Si algunos reducen la conversación económica a la puja Hayek vs Marx y agotan el debate político con la tensión entre idólatras del Estado como garante de la igualdad vs idólatras del mercado como garante de la libertad, otros quieren, en simultánea, someter la cultura a un cuadrilátero de lucha libre, máscara contra máscara, entre Antonio Gramsci y Agustín Laje, en la que el público se limite a gritar mantras ideológicos sofocantes, sin disposición alguna de reparar en el matiz y disfrutar y potenciar la diversidad, pues su consigna es homogeneizar, colectivizar y unificar sentimientos, pensamientos, voluntades y consciencias.

Cuando a la cultura se le convierte en instrumento y técnica de guerra, batalla y recurso de hegemonía, la comunidad civil y política camina al borde del abismo y queda ad portas de sacrificar legítimas identidades personales y comunitarias dando patente de corso a identitarismos sectarios y totalitarios.

Tratada así la cultura, esta termina incubando toxinas, suspicacias y animosidades en la comunicación social y política, erosionando toda posibilidad de construir comunidad de propósito como país y comunión de sentido como nación.

Por más desgaste que tenga la paz como propósito , ideal y concepto, resultado de una histórica manipulación ideológica y excluyente de la misma, y por agotadores que sean los debates políticos y económicos reducidos a falsos dilemas que imponen las fatigadas categorías de derecha e izquierda, es indudable que una comunidad civil y política, medianamente sensata, con pundonor democrático y republicano, no puede renunciar al noble propósito de alcanzar una convivencia sostenible.

La convivencia sostenible significa disposición al encuentro edificante y dignificante con la identidad propia y la de otros; implica autonomía responsable así como solidaridad y subsidiariedad con las autonomías legítimas de otros sujetos sociales; representa formas inteligentes y pacíficas de tramitar los múltiples intereses y los naturales conflictos que afloran en escenarios comunitarios complejos.

Igualmente, la convivencia sostenible significa capacidad de agenciar la prueba ácida de la diversidad y de reconocer que es imposible alcanzar la propia felicidad si otros no logran la suya.
La cultura, las políticas culturales, la gestión cultural hacen mejor contribución si se conciben, no como armas de guerra, instrumentos de batalla o banderas hegemónicas, sino como telares para tejer la urdimbre civilizadora y comunitaria que propicie la convivencia sostenible.
La cultura es más sonrisa que ceño adusto; más seducción que conquista; más cultivo que caza; más ronroneo que rugido; más susurro que estropicio; más obediencia a lo popular que servilismo con el populismo; más comunidad que manada y caudillo; más regla apropiada que ley impuesta; más la mirada con otros que espejo reflejo; más sentido que propaganda; más colores que el blanco y el negro; más asombros que certezas; más empatía que competencia.

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Paz - Historia - Cultura