De los populismos, ninguno
viernes, 7 de noviembre de 2025
Alfredo Sarmiento Narváez
Los populismos todos son ácido sulfúrico para democracias que aspiran a ser sostenibles.
Hay populismos a nombre de la libertad del que participan rabiosos libertarismos, hiperindividualistas, anarco-capitalistas, que al escuchar expresiones como lo social y el bien común se tornan iracundos; populismos mercadocéntricos-estadofóbicos.
Hay populismos a nombre de la igualdad furiosamente colectivistas, equiparan lo social al asistencialismo, al “ogro filantrópico” del que escribió Octavio Paz, aparato lerdo y obstructivo. Mismos populismos a los que les causa erisipela la autonomía de personas, comunidades, territorios y sociedad civil. Imponen la solidaridad y no la persuaden, confunden el principio de subsidiariedad con subsidios eternos y anquilosantes; populismos estadocéntricos y mercadofóbicos.
Hay populismos que, en contubernio con izquierdas cada vez más siniestras, ofrecen cambios y pseudorevoluciones, galopando sobre los lomos de resentimientos que predican el odio hacia los otros.
También hay populismos amancebados con derechas cada vez menos diestras, que confunden orden con quietismo y autoridad con autoritarismo; reaccionarios, que galopan sobre los lomos del arribismo destilando desprecio hacia los otros.
Hay populismos que, con diagnósticos reduccionistas y soluciones simplistas, se erigen con el pretexto de dar ilusas soluciones, que nunca prosperan, a problemas de alta complejidad como son la pobreza, la inequidad, la inseguridad, la corrupción, la migración, el deterioro ambiental, entre otros.
Populismos que prometen reducir el Estado a su mínima expresión hasta dejarlo raquítico, o convertir el Estado en leviatán prepotente, cuando es claro que el bien común necesita de un Estado musculoso, ágil, con cero grasa burocrática, transparente y competente, un Estado fitness para actuar de manera solidaria y subsidiaria con personas y expresiones autónomas de una sociedad civil fuerte, dinámica y creativa.
Los populismos suelen ser, en su gran mayoría, agenciados por liderazgos mesiánicos, ególatras y caudillistas. Dejan traslucir, más temprano que tarde, su libido autocrática y su perniciosa capacidad de manipular los procedimientos democráticos para terminar imponiendo, a la postre, regímenes groseramente autocráticos.
Los populismos reducen lo público al Estado y lo privado al mercado; no parten del principio de proteger la dignidad humana, y en su horizonte no visualizan el bien común.
Colombia en el siglo XX evitó las trampas del populismo, pero vino a hundirse en sus miasmas con Petro en la presidencia. De esa pestilencia, de ese corcho en remolino, laberinto de valores y torre de babel, no se sale saltando en los brazos de otras ofertas populistas, tal vez mejor perfumadas, con mejores cortes, afeites, escenografías y ostentosos derroches, pero con frágiles fundamentos éticos a la hora de una visión edificante del derecho, la política, la economía y de la cultura.
La derrota al populismo necesita consistencia ética, estética y electoral; no puede ser una derrota parcial.
El populismo es a lo auténticamente popular, lo que la pornografía es al auténtico erotismo: vulgarización y envilecimiento.