El derecho a solidarizarse: riqueza de Colombia
jueves, 20 de agosto de 2026
Alfredo Sarmiento Narváez
Con el desastre sobreviniente del terremoto el pasado 10 de agosto, los colombianos hemos tenido la alegría de constatar, y en mi caso particular, la alegría de reconfirmar, cómo diversos sectores de la sociedad civil gustan de ejercer de manera autónoma y responsable su derecho a solidarizarse.
Por esa manida y repelente tendencia de no reconocer muchas virtudes asociadas al ethos de lo colombiano y estarnos dando palo permanentemente, solemos creer que esa edificante actitud, la de ejercer el derecho a solidarizarse, solo emerge en momentos catastróficos. Afirmo categóricamente que no es así.
Ver a miles de hombres y mujeres de diversas edades haciendo trabajo voluntario en diversos campos de atención social, a decenas y cientos de empresas y empresarios aportando contribuciones económicas significativas, que van más allá de sus deberes impositivos; ver igualmente a gremios, sindicatos, equipos deportivos, así como universidades e iglesias, asociaciones de vecinos y juntas de acción comunal desplegando sus mejores energías y talentos para concurrir solidaria y subsidiariamente en atención a diversas comunidades, y observar a la gran Shakira haciendo presencia empática con el Chocó, claro que produce alegría, pero más alegría y esperanza debe dar a todos los colombianos saber que esas manifestaciones no solo están asociadas al evento telúrico de agosto y a la urgencia que impuso el terremoto, sino que son prácticas cotidianas de todos ellos, que representan una enorme riqueza cultural de la institucionalidad civil colombiana, digna de potenciar e integrar a nuestras apuestas de desarrollo económico, social y político y, sobre todo, a nuestras narrativas y a las formas en que hablamos de nosotros mismos.
Los colombianos hemos superado con creces el numeral 2 del artículo 95 de la Constitución Política de Colombia, que reconoce como deber de la persona y del ciudadano el obrar conforme al principio de solidaridad social.
Más allá de cumplir el obligado y reglamentado deber de solidaridad, estamos autónoma y responsablemente ejerciendo el derecho a solidarizarnos y participando en la gestión del bien común; estamos dando músculo institucional a la democracia participativa.
Miles han sido los estudiantes de universidades públicas y privadas que desde 1991 han decidido optar por Colombia haciendo sus pasantías a lo largo de todo el territorio de la geografía colombiana, y lo han hecho de manera voluntaria apoyados por los proyectos educativos de sus respectivas universidades. Creciente es el número de empresarios que han decidido, desde 2016 a la fecha, dejar de ser pasivos pagadores de impuestos y convertirse en activos contribuyentes, con el mecanismo de obras por impuestos. Aumentan los bancos de tiempo de profesionales en Colombia prestos a concurrir en la gestión de proyectos sociales.
Todas estas acciones dan autonomía de vuelo a la solidaridad y la sacan del cajón del asistencialismo y del voluntarismo.
La solidaridad y su ejercicio son un activo de la sociedad civil que esta debe ejercer de manera socialmente competente, en perspectiva de democracia y convivencia sostenible.
Evitando las trampas del estadocentrismo colectivista y del hiperindividualismo mercadocéntrico, la solidaridad está llamada a dignificar la vida social y política de las personas, de la comunidad, de las empresas, de los trabajadores y de las diversas expresiones organizadas de la sociedad civil, y a concurrir de manera subsidiaria con las políticas públicas emanadas por las autoridades estatales a nivel nacional y local.