Analistas 04/10/2026

Los gremios no son la manada del Tigre

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Los gremios empresariales existen para representar los intereses legítimos de sus afiliados. Por supuesto deben relacionarse con el Gobierno, dialogar con él, presentar propuestas y colaborar en aquello que resulte conveniente para el país.

Pero dialogar no significa obedecer. Y mucho menos arrodillarse. Los recientes episodios relacionados con Carolina Soto y Bruce Mac Master dejan una preocupación que considero necesario expresar con claridad: el Gobierno del presidente Abelardo de la Espriella parece pretender que quienes dirigen los principales gremios del país cuenten con su aprobación.

Si esa percepción corresponde a la realidad, estamos frente a una concepción preocupante del poder.

Carolina Soto fue escogida por la Junta Directiva de la Cámara Colombiana de la Infraestructura para ocupar su presidencia ejecutiva. Su designación fue cuestionada desde sectores del Gobierno y pocas horas después declinó.

Bruce Mac Master dejó la presidencia de la ANDI después de casi trece años. En su carta habló de “múltiples presiones” y de circunstancias que dificultaban que la asociación actuara con autonomía. El Gobierno ha dado una versión diferente.

Son situaciones distintas y no pretendo afirmar aquello que no esté demostrado. Pero ambas dejan una pregunta que el empresariado colombiano no debería eludir: ¿Quién debe escoger a los presidentes de los gremios: sus juntas directivas o el Presidente de la República? La respuesta debería ser obvia. Los gremios. El Presidente puede tener preferencias, sentirse más cómodo con determinados interlocutores y discrepar profundamente de otros. Lo que resulta preocupante es que desde el poder se transmita el mensaje de que para presidir un gremio importante se necesita el beneplácito de la Casa de Nariño.

Y aquí la responsabilidad y la crítica no corresponde solamente al Gobierno. También corresponde a los propios gremios.

Una cosa es mantener una buena relación institucional y otra convertirse en un interlocutor obsecuente. Si para conservar acceso al Gobierno un gremio acepta que el poder político condicione quién puede dirigirlo, empieza a renunciar a aquello que justifica su existencia: representar con independencia a sus afiliados.

El buen dirigente gremial no es enemigo del Gobierno ni empleado del Gobierno. Es representante de sus afiliados.

Precisamente cuando una decisión oficial perjudica a un sector empresarial es cuando ese sector necesita una organización capaz de decir: “Señor Presidente, no estamos de acuerdo”. Eso no es oposición política. Es representación gremial.

Por eso sería muy grave que en las juntas directivas comenzara a formularse una pregunta que nunca debería determinar sus decisiones: “¿Este candidato le gustará al Presidente?”

Si esa consideración llega a pesar más que la idoneidad, experiencia y capacidad de quien aspira a dirigir una organización empresarial, los gremios habrán comenzado a perder su independencia sin necesidad siquiera de que el Gobierno se las quite.

Abelardo de la Espriella escogió para su campaña al tigre como símbolo político. Es una imagen de fuerza y autoridad que lo acompaña hasta en la Presidencia. Pero hay un detalle interesante: el tigre de la selva no tiene manada. No necesita anunciar que es gre. Su poder se conoce por lo que hace, no por el rugido que promete.

Tampoco deberían tenerla los gobernantes. Quienes integran los gremios son empresarios independientes, no seguidores del Presidente. Sus dirigentes no están llamados a agradar al Gobierno sino a representar a quienes los eligieron.

Por eso esta reflexión también va dirigida a los empresarios que forman parte de sus juntas directivas: No confundan interlocución con subordinación.

Un Gobierno fuerte no necesita gremios complacientes. Necesita interlocutores serios, respetuosos y capaces de disentir. Y los empresarios necesitan organizaciones que puedan representarlos incluso cuando hacerlo implique contrariar al poder.

El presidente De la Espriella tiene derecho a gobernar con firmeza, escoger a sus ministros y rodearse de las personas de su confianza. Pero no le corresponde escoger a los presidentes de los gremios.

Una cosa es ejercer autoridad. Otra es pretender obediencia. Los gremios deben dialogar con el Tigre. Pero no convertirse en su manada.

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