¡En defensa de Ecopetrol!
Si ponemos en contexto el envío por parte del MinHacienda al Congreso de la República del Plan indicativo de enajenación de activos estratégicos de Ecopetrol, valorados en $50 billones, y la relación de los mismos, es evidente que la intención del actual gobierno es la de rematar la empresa, desguazándola. Se equivocan de medio a medio quienes ingenuamente creen que este plan indicativo responde a un ejercicio ritual que, como el actual, lo han hecho los demás gobiernos que le han antecedido al presidente Gustavo Petro, subestimando su propósito o, mejor, su despropósito de dar este paso en falso. No olvidemos el adagio: una cosa es con guitarra y otra es con violín.
Ya le había pedido el presidente Gustavo Petro al presidente de la empresa, Ricardo Roa, hacerle un “exorcismo para quitarse el petróleo de la cabeza y meterse a la inteligencia artificial”. Afortunadamente, Roa no le paró bolas. Empresas como Hocol, en exploración; Cenit y Ocensa, en transporte de crudo; amén de Reficar, en refinación, son los ejes del grupo empresarial Ecopetrol. Sin ellas queda reducida a un cascarón. La única de las listadas que, a mi juicio, debe venderse es ISA, transportadora de energía, en la cual está interesado y le está proponiendo comprarla el Grupo Energía Bogotá (GEB). Y, claro, no podía faltar la venta de su participación en el Permian (Texas, EE.UU.), en la que se ha empecinado con terquedad aragonesa, contra toda evidencia de su inconveniencia, simple y llanamente por razones eminentemente ideológicas.
De todos modos, este es solo el comienzo de un largo proceso, que se inicia con su trámite en el Congreso y la posterior aprobación por parte de la junta directiva de Ecopetrol. En manos de esta está la decisión; quienes la integran serán quienes tendrán la última palabra y serán ellos quienes tendrán que responder ante la Contraloría General de la República si su decisión va en detrimento del patrimonio de la Nación, que tiene en esta empresa un activo estratégico de la mayor importancia. Al presidente Petro no le alcanzó su período para matar la gallina de los huevos de oro, pero aspira a coger un nuevo aire en el próximo para consumarlo. Esto se definirá en las urnas.
No hay que perder de vista que Ecopetrol, hoy por hoy, es la principal fuente de financiamiento de la Nación, a la que le tributa en impuestos y le gira dividendos, al tiempo que a las entidades territoriales les gira por concepto de regalías, los cuales, sumados, ascienden, en promedio, a una suma de $35 billones anualmente. Como lo afirmó recientemente el presidente de la empresa, Ricardo Roa, pese a que en 2025 sus utilidades cayeron hasta los $9 billones, con una variación negativa cercana a 39,5% con respecto al año anterior, “en cuatro años estamos entregando unos $180 billones en transferencias a la Nación”. Solo en el año 2025 dicha suma ascendió a $35 billones. Cabe preguntarse si se prescinde de esta fuente de financiamiento del Estado, cuál otra vendría a ocupar su lugar. Porque no se nos puede olvidar que, como dice el campesino, uno no puede pretender comer carne y seguir tomando leche de la res que se sacrifica. Hay que emprender una cruzada en defensa de Ecopetrol, la joya de la corona.
En síntesis, el plan de enajenación de activos de Ecopetrol, tal como ha sido presentado, deja más preguntas que respuestas. En un momento en que Colombia necesita certezas -sobre su seguridad energética, su estabilidad fiscal y su hoja de ruta hacia la transición-, decisiones de esta envergadura no pueden explicarse a medias. Lo inexplicable no es que una empresa revise su portafolio, sino que lo haga sin ofrecer una justificación convincente ni un horizonte claro.
La pregunta de fondo es si este plan responde a una estrategia coherente con los desafíos de la transición energética o si, por el contrario, evidencia una falta de rumbo. Resulta paradójico que, mientras se insiste en la necesidad de acelerar la diversificación hacia energías limpias, se contemple la venta de activos sin que exista una hoja de ruta clara sobre cómo se reinvertirán esos recursos en proyectos que garanticen sostenibilidad y rentabilidad.
Además, la experiencia internacional advierte sobre los peligros de desinvertir sin un propósito bien definido. En mercados volátiles, vender activos puede significar hacerlo a precios castigados, transfiriendo valor al comprador y debilitando la posición financiera de la empresa en el largo plazo. ¿Está Ecopetrol maximizando el valor de sus activos o simplemente reaccionando a presiones de corto plazo?
La falta de información también afecta la confianza de los inversionistas. La transparencia no es un accesorio, es un requisito. Sin ella, cualquier anuncio de enajenación se percibe como improvisado, alimentando la incertidumbre sobre la gobernanza corporativa y la dirección estratégica de la compañía.
No deja de ser irónico y hasta esquizofrénico que sea este gobierno, que no disimula su aversión y su animadversión por el sector privado y la codicia que le atribuye, el que propenda por la privatización de Ecopetrol. Ello solo se explica por la obnubilación extrema a la que conduce el dogmatismo y el sectarismo, alentados por una concepción ideológica extrema, que los lleva a estar, utilizando la frase del Nobel de Literatura, el mexicano Octavio Paz, a las afueras de la realidad.
Y no lo decimos a humo de paja: es que expresiones del presidente Petro en el sentido de que “el tiempo del petróleo se acabó… el petróleo y el gas ya no se van a vender en el mundo”, y que por ello Colombia debe renunciar a él y dejar de producirlo, no pasan de ser una falacia, porque el mundo sigue consumiendo y va a seguir consumiendo por mucho tiempo el petróleo. Así lo muestra y demuestra la tendencia de la demanda y esta, como lo afirmó el reputado economista John Maynard Keynes, crea su propia oferta. Dicho de otra manera, mientras haya quien consuma petróleo habrá quien lo produzca. No podemos pensar, con el deseo, que el resto del mundo va a dejar de consumir el volumen de petróleo que Colombia se abstenga de producir.