La patria que ya era milagro
miércoles, 19 de agosto de 2026
Ana Milena Zambrano Díaz
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El 10 de agosto de 2026, la tierra le recordó a Colombia, con violencia, que una casa puede caer en segundos. Pero la reacción de los colombianos nos recordó algo más importante: que el hogar no termina en la puerta de nuestra propia casa.
Con corte a la mañana del 14 de agosto, la Ungrd reportaba 135.179 personas afectadas, pertenecientes a 56.448 familias, en 437 municipios de 15 departamentos. Frente a esa dimensión de la tragedia, el país respondió desde muchos frentes: organismos de socorro, empresas, artistas, organizaciones sociales y ciudadanos que llegaron a centros de acopio a donar, clasificar, empacar y cargar ayudas. Incluso las redes sociales han servido como amplificador de esta causa de reconstrucción, miles de colombianos que no están en el país se sienten tan impotentes de no poder ir a sus ciudades damnificadas, que han terminado por usar diariamente sus redes sociales para generar el mayor impacto posible y ayudar desde donde están.
Sir Roger Scruton llamó oikofilia al amor por el hogar: el apego a aquello que reconocemos como propio y que, precisamente por eso, sentimos el deber de cuidar. La casa no es simplemente un edificio. Es también la comunidad, las costumbres, los vínculos y la nación que heredamos.
Quizá Disney nos dejó, sin proponérselo, una de las mejores imágenes colombianas de esa idea. Al final de ‘Encanto’, la Casita de los Madrigal está destruida. La familia parece obligada a comenzar de cero. Entonces llega el pueblo. Llegan con herramientas, materiales y manos dispuestas a reconstruir. La casa de los Madrigal también era, de alguna manera, la casa de todos.
Eso mismo hemos visto después del terremoto.
La Cruz Roja Colombiana activó a su voluntariado en las zonas afectadas y en Bogotá se abrieron convocatorias ciudadanas para apoyar las donaciones. La solidaridad también se mide en recursos: Empresas Unidas por Colombia, la campaña impulsada por la Andi y sus afiliados, superó los $201 mil millones recaudados. Sin contar con todas las ayudas de ciudadanos comunes y corrientes que se han levantado diariamente a ser voluntarios en los centros de acopio y los millones de pesos donados que no terminaremos por contar.
Y ocurrió algo todavía más extraño para la Colombia de los últimos años: por unos días, la tragedia atravesó las fronteras políticas. El Congreso aprobó invitar a senadores y representantes a donar voluntariamente un día de salario para los damnificados. Gobierno y oposición, empresarios y trabajadores, políticos que difícilmente compartirían una tarima, terminaron compartiendo una causa.
Tal vez ahí esté la verdadera oikofilia: podemos discutir ferozmente sobre cómo administrar la casa, pero cuando la casa se cae, sabemos que sigue siendo nuestra.
Abelardo de la Espriella llegó a la Presidencia prometiendo una “Patria Milagro”. Cuatro días después del terremoto, mirando a miles de colombianos donar, ayudar y trabajar por desconocidos, uno no puede evitar hacerse una pregunta:
¿Y si los colombianos ya éramos una Patria Milagro antes de Abelardo?