Ontología fiscal
martes, 23 de junio de 2026
Andrés Felipe Arias
Ontología. Suena rarísimo, a seminario de filosofía. Parménides y Aristóteles la usaron para estudiar qué existe. Pero la ciencia de datos la adoptó para algo más terrenal: definir qué entidades viven en una organización y cómo se relacionan matemáticamente. Palantir -fundada en 2003- convirtió esa ontología en inteligencia. Hoy es contratista medular del Pentágono: convierte datos de campo en decisiones militares en tiempo real, anticipando ataques terroristas en varios continentes y facilitando la extracción de Maduro.
Y esa ontología es la clave del ajuste fiscal que Colombia requiere con urgencia.
Sin exprimir más al contribuyente. Al contrario, abriendo espacio para reducir impuestos y cortar grasa estatal. Dándole oxígeno a un sector privado ahogado por el mayor desbarajuste fiscal de la historia reciente: un hueco de 7% del PIB -regla fiscal suspendida, calificación degradada- autoinfligido y sin choque externo que lo justifique.
Colombia no está quebrada por falta de impuestos; está quebrada por exceso de tributos y gasto público bruto, en el sentido literal del término. El déficit colombiano es, antes que financiero, ontológico: el Estado ni ve lo que dilapida ni cómo se conecta cada erogación.
Un gobierno sin ontología fiscal es como un ciego en una biblioteca infinita.
En Colombia la ceguera ocurre porque el mismo ciudadano es “contribuyente” en la Dian, “cliente” en un banco, “asegurado” en una EPS y “obligado” en la Ugpp. El sistema no entiende que es un solo individuo. Así, el Estado colombiano acumula ruido, desorden y opacidad, llamándolos información.
En efecto, la Dian audita casi al azar y la elusión sigue intacta.
Con ontología tributaria las auditorías se volverían quirúrgicas. La experiencia internacional documenta recuperaciones de 1,5 a dos puntos del PIB -$28 a $38 billones anuales- sin modificar una sola tarifa. En vez de exprimir otra vez a los que siempre pagan, los recursos brotarían de las cuentas de quienes pasan de agache o lavan dinero.
Además, con ontología fiscal se puede construir un gemelo digital del Estado, donde cada peso, contrato y flujo de caja quedan trazados. Hoy el mismo medicamento se compra en cientos de hospitales públicos a precios que difieren hasta en 40%, ni siquiera por dolo sino por ceguera. Un gemelo digital vería cada orden de compra, entendería la estructura de ese gasto y frenaría los sobreprecios en tiempo real. Mismo presupuesto, más salud.
Y hay un ajuste donde nadie mira: los entes de control -Procuraduría, Contraloría, 1.103 personerías y 62 contralorías territoriales- cuestan $4 billones al año y solo recuperan seis centavos por peso. Cerrarlos, trasladar sus funciones a la Fiscalía y activar la ontología ahorraría $14 billones anuales -más de la mitad de lo que buscaba la fallida reforma tributaria- sin tocar al contribuyente.
El ajuste fiscal no puede seguir siendo un martillo de impuestos sobre los mismos de siempre, ni el cliché de reducir el gasto sin explicar cómo. Debe ser fruto de un bisturí digital y ontológico. Hay que elegir: seguir espantando capital con más impuestos o atraerlo con menos gasto bruto y más ontología.