Analistas 18/03/2026

La complicidad del “centro”

Andrés Felipe Londoño
Asesor en transformación digital legal de servicios financieros

Ojo con el buenismo del “centro” en las próximas elecciones presidenciales. En 2018, Sergio Fajardo obtuvo 4,6 millones de votos en primera vuelta y, en lugar de tomar posición en la segunda vuelta que definiría el rumbo de Colombia, se fue a ver ballenas al Pacífico. Optó por la comodidad moral del voto en blanco. Cuatro años después, con apenas 888.000 votos en 2022, la ingenuidad del centro dejó el camino libre para que Petro ganara con una diferencia de apenas 700.000 votos. Hoy, con Iván Cepeda liderando las encuestas con 36% y un centro fragmentado entre Sergio Fajardo y Claudia López, la historia amenaza con repetirse.

Lo que el votante de centro parece no entender es que, en un país polarizado, la inacción no es neutralidad: es complicidad. Los números son elocuentes. En la primera vuelta de 2022, Petro obtuvo 8,5 millones de votos; el ingeniero Hernández, 5,9 millones; y Fico Gutiérrez, 5 millones. Fajardo apenas alcanzó 888.000, una caída devastadora frente a sus 4,6 millones de 2018. ¿Qué pasó con esos casi 4 millones de votos evaporados? Una buena parte migró hacia Petro, otra pequeña hacia Hernández y una porción significativa se abstuvo o votó en blanco. Según El Espectador, los cerca de 300.000 votos de Fajardo en Bogotá en primera vuelta se habrían inclinado mayoritariamente hacia Petro en la segunda, quien pasó de 1,7 millones a 2,2 millones de votos en la capital. El centro no fue un simple espectador de la victoria de Petro; fue un facilitador.

El centro se ha construido sobre una plataforma de superioridad moral basada en la decencia, la sofisticación, la transparencia y la moderación. En filosofía moral, esta postura corresponde a una ética deontológica: lo que importa es la pureza de los principios, independientemente de las consecuencias.

El problema es que este deontologismo funciona como armadura retórica que protege al centro de tomar decisiones difíciles. Si ningún candidato cumple sus principios a la perfección, siempre tiene una excusa noble para no elegir. Esto es, en esencia, un acto de buenismo: una actitud de autocomplacencia moral caracterizada por una supuesta benevolencia que esconde una profunda ingenuidad, una evidente condescendencia y una enajenación de la realidad práctica.

Distinta de la ética deontológica del centro existe un marco ético que evalúa la moralidad de los actos por sus consecuencias: el consecuencialismo. Desde esta óptica, la pregunta no es “¿cumplí con mis principios?”, sino “¿mi inacción produjo un mejor resultado para el país?”. Más de tres años de gobierno Petro han demostrado lo que muchos anticipamos: desinstitucionalización acelerada, política fiscal temeraria, corrupción en esteroides, destrucción generalizada, estatización coactiva, pérdida de soberanía y una agenda estatal que prioriza la fabricación de víctimas y parásitos sobre el desarrollo de capacidades productivas. Mientras el futuro de Colombia pende de una última oportunidad para frenar al populismo de izquierda radical, los intelectuales del centro siguen debatiendo sobre cómo nadie se apega a sus exigentes estándares. Desde el consecuencialismo, si el resultado previsible del cinismo del centro es facilitar la continuidad de un proyecto destructivo, entonces su pureza moral se convierte en complicidad.

No se le debe pedir al centro que renuncie a sus principios. Se le debe exigir que sea coherente con ellos. El centro colombiano ha vivido cómodamente en el mundo de lo ideal. Es hora de que aterrice a la realidad. Porque la coherencia ética no consiste en mantener las “manos limpias” mientras el país se abalanza hacia el abismo populista, sino en tomar posición cuando es necesario para evitar un descalabro irreversible. Un centro que se niegue a elegir cuando las circunstancias lo demandan no es un centro responsable: es un cómplice del populismo que dice rechazar.

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