Analistas 07/02/2023

La trampa ancestral

Andrés Felipe Londoño
Asesor en transformación digital legal de servicios financieros

El llamado a la ancestralidad del Gobierno Nacional no debe ser subestimado. El discurso aparentemente liberalizador del yugo de las instituciones modernas tiene enormes implicaciones prácticas que amenazan las libertades básicas y la calidad de vida de todos los colombianos.

La apelación ancestral, representada en el “vivir sabroso” en la Potencial Mundial de la Vida, es una reminiscencia criolla del mito del buen salvaje de Rousseau: “el hombre es naturalmente bueno y la sociedad lo corrompe”. El filósofo francés, sin salir de Francia o haber visto una sola tribu, teorizó sobre cómo culturas primitivas lejanas eran moralmente superiores, al dar rienda suelta a sus supuestos instintos de armonía y solidaridad, libres de restricciones externas impuestas a la conducta humana.

La búsqueda de esta libertad visceral del idilio del buen salvaje dio pie a la construcción del armazón racionalista rousseauniano del contrato social y al concepto vago de la “voluntad general”. Estas nociones, que en un primer momento respaldaron la Revolución Francesa, luego dieron paso al uso indiscriminado e ilimitado de la razón para construir varios modelos del deber ser de la sociedad, desde el socialismo utópico de Saint-Simon, pasando por el comunismo de Marx, hasta las contemporáneas teorías críticas de la raza.
Más allá de la gimnasia cognitiva que permite la elucubración de mundos ideales, que a tanto intelectual atraen para canalizar sus frustraciones personales, el peligro real de estos relatos es que justifican el desmonte coercitivo y arbitrario de tradiciones, instituciones y relaciones que permitieron que la raza humana pasara de ser un puñado de cientos de miles frágiles mamíferos deambulando por la Tierra hace 200.000 años a los 8.000 millones que hoy existimos.

La añoranza de tiempos ancestrales, ubicados en un pasado teórico sin evidencia histórica, es un relato más para justificar la destrucción consciente del sistema de mercado que ha permitido a la humanidad crecer y prosperar exponencialmente desde el siglo XVIII de nuestra era. El conjunto de interrelaciones espontáneas y conscientes como la descentralización de decisiones, el libre intercambio de ideas, bienes y servicios, la competencia, el ánimo de lucro, el imperio de la ley, la autonomía de la voluntad privada o la separación de poderes es el blanco permanente del designio ancestral.

Dicientes estadísticas evidencian lo que está en juego con este relato que exalta un pasado premoderno con aura de superioridad moral y conveniencia medioambiental. En 1800 d.C. (i) la expectativa de vida a nivel mundial era de 29 años; hoy supera los 70; (ii) el 94% de la humanidad vivía en pobreza extrema; hoy apenas el 8% vive en esas condiciones; y (iii) 46% de los niños morían antes de alcanzar la adultez; hoy apenas es 4,6%. Por donde se mire, la evidencia histórica muestra que la ancestralidad, en lugar de libertad, trae enfermedad, miseria y muerte.

Cuidado, Colombia. El romántico llamado ancestral del Gobierno actual es un relato antioccidental para legitimar la intervención del poder irrestricto en las dinámicas que determinan la calidad de vida de todos. Ojalá no tengamos que lamentar la indiferencia imperante cuando la miseria de la ancestralidad toque a nuestras puertas, al haber subestimado su poder destructivo.

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