Caminando entre los vivos
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Nadie, normalmente, quiere o gusta de la muerte. Pero no por eso deja de ser inevitable. Es una obviedad: la vida, como la entendemos en este mundo, se acaba bien por enfermedad, deterioro normal de nuestro organismo, o porque termina por fenómenos naturales, accidentes o por los mismos hombres. No hay que llamarse a engaños ni andar con eufemismos.
La historia de la humanidad está plagada, como algo connatural, de violencia, muerte, guerra, de hombres quitándole la vida a otros; eso no nos gusta admitirlo, porque se supone que somos los seres superiores, pensantes y más evolucionados de todas las especies, pero así es, por más que escandalice.
Siendo la muerte algo ineludible, también es necesario entender que hay gente que la busca, y que, si no la persigue, así suene feo decirlo, la merece o la anda tentando o buscando con sus actuares.
Y me refiero a todo esto por las críticas que le han hecho al presidente por aparecer caminando entre bolsas de cadáveres de guerrilleros y de personas que han estado al margen de la ley, de delincuentes, que nos han dañado a todos, a usted y a mí, y que han tenido su oportunidad de entregarse, de someterse al Estado de derecho y no lo hicieron.
O, ¿es que alguien duda del gran daño que le han hecho a nuestra sociedad, a nuestros soldados, a nuestros niños, a nuestros recursos, los alzados ilegalmente en armas? O, ¿es que podemos considerarlos como unos angelitos que matan, extorsionan, secuestran y causan dolores inenarrables?
El buen liderazgo implica acciones contundentes y a veces impopulares, y las naciones y los pueblos requieren mensajes inequívocos y el líder debe actuar, evidenciar, demostrar fuerza, convicción, coherencia y mandar señales con precedentes. No, no es que sea un espectáculo agradable.
En eso estamos de acuerdo, pero tampoco es admisible que, para buscar titulares y llamar la atención, se empiece a armar un escándalo por esto omitiendo el trasfondo. ¿Quién duda que eliminando a los actores violentos -y no me refiero necesariamente a darles de baja, sino a castigarlos conforme a la ley, enfrentando su violencia con la fuerza legítima del Estado- se le está haciendo un bien a toda la sociedad?
No podemos llegar a la relatividad y deformación de los valores y derechos predicando la supremacía o igualdad malentendida de las facultades y prerrogativas de unas pocas personas que, además, actúan en contra de la ley y en perjuicio de todos.
Está bien que la Defensora del Pueblo llame la atención si no le gusta; es parte de la libertad de expresión y eventualmente puede hacer parte de sus funciones, pero ¿por qué no hace lo mismo de una manera más evidente, contundente y consistente con el secuestro, el reclutamiento de niños, las masacres a policías y militares? La respuesta parece ser que eso ya es, tristemente, tan común que deja de ser noticia y de llamar la atención. No se puede equiparar, bajo ninguna circunstancia, como mal se pretende hacerlo, el actuar de los violentos con las acciones del presidente de la República.
Es evidente que llevamos décadas de degradación y de sufrimiento por los violentos, ¿quién lo niega? (fuera del tenebroso expresidente del polvo cósmico), pero no deja de ser menos cierto que frente a los delincuentes hay que ser contundente, y tampoco deja de ser irrefutable el daño que ha causado el no enfrentarlos de manera decidida, abierta, sin ser complacientes, sin tregua en la defensa del bien común.
Ellos utilizan todas las formas de lucha, por bárbaras que sean, y cuando el Estado muestra los resultados de su actuar, está mal. ¡Eso es claudicar! No hay que ser obtuso, mirando solo la foto, sino que hay que entender el contexto. No es caminar entre los muertos sino entre los vivos, entre quienes somos los protegidos y vivimos dentro de la legalidad. Es difundir el mensaje, por duro y crudo que sea, pero no por eso menos real, de que el crimen no paga y, por extremo que suene, de que los delincuentes pueden terminar así.
El Estado no tiene como fin matar ni debe tenerlo, pero en su lucha, y amparado en la fuerza legítima, nos debe defender de quienes delinquen. Si es absolutamente necesario, debe proceder.
No, no se puede tratar con el mismo rasero al delincuente, a quienes asesinan a nuestros compatriotas, a quienes tantas desgracias nos han traído, y a quienes “ponen el pecho” por nosotros, como lo hace el gobierno, la Fuerza Pública y los jueces, entre otros.
Hay una utopía y unas ideas muy arraigadas y erróneas de igualdad y justicia; no es darle lo mismo a todo el mundo, es dar a cada quien lo que le corresponde.
¿Por qué se pone en duda la legitimidad del Estado y de su actuar por mostrarle a la sociedad cómo quedan quienes atentan contra nosotros y no se someten a la ley?
Es fácil y casi cómplice mirar las cosas solamente desde el lado cómodo y efectista. No, no es caminando entre los muertos, es caminando entre los vivos, cumpliendo el deber y protegiendo a la gente de bien.