Cinismo y corrupción: una dupla letal
No es necesario esforzarse demasiado para definir el actuar del actual gobierno. El diccionario de la Real Academia Española define cinismo como “desvergüenza en el mentir o en la defensa y práctica de acciones o doctrinas vituperables”. Por su parte, corrupción se define literalmente como “en las organizaciones, especialmente en las públicas, práctica consistente en la utilización indebida o ilícita de las funciones de aquellas en provecho de sus gestores”.
Parece que, en su modo de actuar, Petro y sus alfiles -por llamarlos de algún modo decente- hubiesen leído estas definiciones, que son las que determinan su forma de actuar. Y es que ¿cómo pensar de otra manera cuando uno ve, entre otros, la feria, la multitud de contratos de prestación de servicios celebrados antes de que entrara en vigencia la ley de garantías y que implican un gasto superior a los quince billones de pesos?
Uno se pregunta si realmente eran necesarios, por qué no los implementaron antes a lo largo del gobierno. Esto tiene varias respuestas: uno, inejecución, que es una forma de corrupción; dos, fines torcidos y electoreros, que es la más directa y es la que más se ajusta a la realidad imperante. Es que nos hemos acostumbrado a llamar la realidad por nombres diferentes; resulta inaudito, descarado y atenta contra toda lógica, por lo demás, este gasto, pero, sobre todo, va contra todos los colombianos.
Cuando la salud está desangrada, cuando los enfermos están siendo víctimas de un pésimo servicio por culpa del gobierno, cuando hay un desabastecimiento de medicinas sin precedentes, yendo la salud al despeñadero; cuando se han debilitado las fuerzas armadas por falta de presupuesto; cuando se ha atacado sistemáticamente al poder judicial y se ha mantenido en el olvido presupuestal; cuando hay emergencias como las de Córdoba por el invierno; en fin, cuando hay tanta desigualdad de la cual se queja el gobierno, pero ayuda y promueve con sus acciones a ahondarla para crear más división y resentimiento.
He oído con mucha frecuencia, en el ejercicio de mi profesión, un dicho que me encanta y que creo que se aplica a todos nosotros: una cosa es que pienses que yo sea una imbécil y una persona que no entiende, y otra muy diferente es que me trates como tal. Eso, precisamente, es lo que ha venido haciendo el gobierno con todos nosotros, los colombianos: nos ha maltratado como si fuéramos unos tontos, manipulando y manejando los recursos públicos, que son de todos nosotros, a su libre arbitrio y con fines realmente diferentes a los que deberían tener.
No puede uno menos que indignarse, no puede uno menos que escandalizarse y no podemos seguir siendo pasivos ante esto. Es que la mentira reiterada, el discurso etéreo y diverso, disimula la realidad, al punto de exasperar. Todos, y especialmente los medios de comunicación, deben ser los llamados, más allá de cualquier tendencia política, a desenmascarar y guiar a la opinión pública frente a estos descalabros.
Y lo peor: el gobierno ha convertido al Estado en enemigo del aparato productivo, imponiéndole más reformas y más cargas. Es pasmosa la complicidad de quienes rodean al presidente, del partido de gobierno y de un sector grande del empresariado ante tantos escándalos.
Es hora, ahora o nunca, de alzar la voz, de unirse, de actuar, como por ejemplo hicieron algunos gobernadores con la mal llamada emergencia económica. Nos están tratando como mentecatos, nos están literalmente atacando. No es ser alarmista; es mirar las cosas como son objetivamente y decirlas, pero, sobre todo, actuar. Todos nos debemos movilizar: no es cuestión de los demás, es cuestión de todos.