Habeas Mentem. Neuroderechos
Que tengas mente. Es sabido y evidente que, por el atropellamiento que sufrimos a manos del transhumanismo y del avance vertiginoso de las tecnologías, entre otras causas, las normas siempre van a estar rezagadas frente a la realidad y a las innovaciones. Esto no quiere decir que debamos resignarnos a vivir en un ambiente tan invasivo como el actual.
Chile, de gran influencia histórica en nuestro derecho civil, es el primer país en el mundo en consagrar la protección constitucional de los llamados “neuroderechos”. Hay en otros países intentos tímidos de esta regulación, como el Código Sanitario francés, que protege la privacidad mental, o la Carta de Derechos Digitales de España.
Los “neuroderechos”, que se derivan del uso y del actual abuso de las neurotecnologías, deben ser elevados al nivel de derecho fundamental. Se trata de un derecho humano emergente, necesario y de reconocimiento inaplazable.
Hoy estamos inundados y aturdidos por datos que no son conocimiento por sí mismos, sino simplemente información. Lo que constituye el verdadero saber es el análisis de los datos desde una perspectiva racional y libre, y la interpretación que se les dé, basada en una lectura armónica de la ciencia, el sentido común, los sentimientos, la moral y el bienestar. No podemos pretender vivir solamente almacenando y reproduciendo información como las máquinas: eso va contra la esencia del ser. No quiero ser fatalista, pero hoy se vive, especialmente en las nuevas generaciones, en una anarquía del saber, en una especialización que deshumaniza a la gente y al conocimiento. Hoy se pretende saber de todo sin realmente entender casi nada. El verdadero conocimiento es saber sobre algo sin pretender acapararlo todo. Es, en realidad, aceptar y reconocer la ignorancia.
A diferencia de lo que sucedía hasta el siglo pasado, y aún a principios de este, cuando el campo de batalla eran los Estados, los límites territoriales, la seguridad física y fronteriza, e incluso las guerras económicas y comerciales, hoy el campo de batalla es la mente, el cerebro.
Es todo lo contrario a lo que ocurría con Tiresias, el adivino de la mitología griega que, a pesar de ser ciego, veía la verdad de las cosas. Hoy vemos, pero, por la manipulación y la intromisión de la tecnología, no observamos, no aprendemos, no pensamos, perdemos libertad. Suena apocalíptico, pero así es.
No es que la tecnología ni la IA sean malas en sí mismas: lo malo es la interferencia sin que nos demos cuenta, lo cual además nos lleva a la uniformidad y al esclavismo pasivo e inconsciente.
La capacidad de recibir información compleja y entrelazarla con el pensamiento para analizar es esencial: constituye la base de cualquier avance humano y nos hace una especie única. La tecnología de hoy en día, que en apariencia nos da todo eso, en realidad nos está alienando. Luchar contra todo lo anterior en forma individual y aislada es una utopía, por no decir una estupidez. Hay que empezar por darles rango de derecho humano, fundamental y constitucional, a los llamados “neuroderechos”, para luego entrar a reglamentar y educar, creando conciencia. Todo lo anterior parece hoy algo irreal e imposible por el grado de penetración y de invasión, pero no por eso debemos resignarnos.
Hoy este tipo de derechos están al libre “diseño” y arbitrio de las grandes y monopólicas empresas tecnológicas, y no debería ser así. No es que sean malas en sí mismas, ni que yo esté en contra del libre desarrollo empresarial, pero todo debe tener un límite en coordinación con el bienestar común, y esa es precisamente la función del Estado, de la Constitución y del gobierno.
Un mundo sin derechos claros es caótico y se convierte en algo anárquico, sin obligaciones ni sanciones para los infractores.
Como leía en estos días en alguna parte, vivimos en un presente atrapado por la urgencia y la confrontación ideológica, fatua e inadecuada, evadiendo la necesidad de buscar el verdadero bienestar, sin plantear políticas pertinentes frente a esta irrefrenable realidad.
Vivir en un río de simplicidad, de atontamiento, que no define la realidad, nos aleja de la verdad y nos la oculta, a merced del algoritmo. La verdad hoy se logra por repetición.
Pero este no es un tema solo de abogados y leyes: involucra a médicos, ingenieros, sociólogos; en fin, a toda la sociedad, y sería bueno tomarlo en serio antes de que sea demasiado tarde.