Analistas 05/08/2026

Padres contra hijos

Andrés Guillén G.
Socio director Guillen & Guillen Abogados

Si bien los menores gozan de especial protección y de lo que se denomina un interés superior consagrado en los tratados internacionales, en la jurisprudencia, en la ley y en la Constitución Política, no siempre esto tiene una aplicación real, lo cual constituye un verdadero horror y la manifestación más baja del lado perverso de los humanos.

El fuero especial y la protección superior, preferente y prioritaria que se debe dar a los menores tienen un esquema de protección muy sólido en lo teórico, y en la mayoría de los casos logra pasar a un plano práctico y ser efectivo. Sin embargo, es triste ver cómo detrás y en el transcurso de muchos procesos de divorcio o de separación de parejas se violenta a los menores instrumentalizándolos. Se les mete de lleno en dramas y en violencias, aun silenciosas y sutiles, que pueden ser las más graves porque terminan afectándolos irreversiblemente.

No es poco frecuente encontrar que las diferencias entre las parejas que se están separando terminan siendo exaltadas, aumentadas y recalcadas a través del régimen de los menores, quienes acaban siendo usados por sus padres para lograr, vanamente por demás, sus objetivos, sin medir el costo ni el daño que se le causa a esas víctimas inocentes.

Los mayores no entienden que los afectados inocentes en una separación terminan siendo los niños. No entienden que a ellos les toca hacer el duelo por una pena y por unos hechos que no les corresponden y en los que nada tienen que ver. Los padres contra sus hijos.

Hay que hacer un llamado a los jueces y operadores judiciales y administrativos para que dejen de lado rigorismos excesivos y formalidades absurdas, y se dé una aplicación práctica a las normas, a los procesos y a los procedimientos, siempre con el fin de proteger los derechos de las víctimas inocentes en los conflictos familiares: los niños. Pero el llamado también es a los abogados. Nuestro ejercicio no busca, bajo ninguna circunstancia, obtener victorias a cualquier precio, sobre todo cuando hay menores involucrados.

Pero todo pasa principalmente por los padres. Hay que entender que bajo ninguna circunstancia se puede instrumentalizar a los hijos. Hay que comprender el impacto negativo, definitivo, que les causamos en sus vidas. Y mucho más grave aún es tratar de separarlos de su padre o de su madre.

Y aquí no puedo dejar de mencionar, con un reproche escandaloso, el famoso cartel que ha torcido ilegalmente los fines de la ley y los procesos judiciales para acusar a padres de conductas abusivas con sus hijos, sin que realmente estas se hayan dado. Y no es una ficción. Es una realidad que se presenta día a día, pero además acompañada de la lentitud judicial y de unas trabas en estos temas que lo único que hacen es perjudicar a los niños.

Los procesos judiciales en los cuales se ven envueltos menores por disputas de sus papás deben tener un tratamiento y un manejo especial y diferencial. Si los padres no tienen la entereza, la dignidad, la decencia, el amor y la humanidad para arreglar sus diferencias en cuanto a sus hijos menores sin tener que acudir a un juez y sin involucrarlos, entonces debemos los abogados tener un manejo absolutamente ético, profesional y teleológico, buscando siempre el bienestar de los menores. Deben los jueces ser inflexibles e irrestrictos en la protección de los derechos de los menores. Y esos trámites y procesos deben ser rápidos, eficaces.

Una sociedad que permite que sus menores sean agredidos está enferma, no tiene futuro. A cualquiera de nosotros, si nos llegaran a hablar mal de uno de nuestros progenitores, o si tuviéramos que escoger entre uno u otro, nos daría indignación. Pues bien, a los menores no les da indignación: se les causa un daño irreparable. Ellos son como esponjas, todo lo absorben sin filtro.

Criar, educar y proteger a los menores va mucho más allá de unos acuerdos de visitas. El hecho de que una pareja decida terminar su convivencia no implica que los menores tengan que separarse de su padre o de su madre. Los vínculos sentimentales entre parejas terminan. Los vínculos con los hijos son para toda la vida y son indelebles.

Como dice Héctor Abad Faciolince en su libro Testamento Involuntario: “el matrimonio no es eterno, pero de algún modo dura para toda la vida”. Y esto aplica por completo para la crianza, el cuidado y el amor que se le debe dar a los hijos.

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