Voy a hacer una afirmación que probablemente muchos considerarán exagerada: creo que Colombia podría estar entrando en los mejores cuatro años económicos de las últimas dos décadas.
Lo interesante es que no llegué a esa conclusión únicamente por optimismo. Llegué después de intentar demostrarme a mí mismo que estaba equivocado.
En las últimas semanas perdí la cuenta de cuántas veces mis inversionistas extranjeros me preguntaron qué iba a pasar con Colombia durante los próximos cuatro años.
Al principio respondía con el optimismo que nos caracteriza a los emprendedores. Pero luego me puse en la tarea de respaldar esa respuesta con datos, cifras y argumentos de economistas y académicos.
Y la verdad es que esto que les voy a decir no solo quiero que lo lean; quiero que ustedes mismos confíen en mí y también se lo crean. Porque, como decía John Maynard Keynes, la confianza y las expectativas pueden convertirse en un verdadero motor de la actividad económica.
Mientras más estudiaba el tema, más me convencía de algo que al principio parecía una simple intuición: Colombia podría estar entrando en un momento extraordinario.
A continuación les comparto por qué lo veo así.
Aunque el punto de partida puede parecer poco prometedor, precisamente ahí está la oportunidad. Sí, partimos desde abajo. Venimos de varios años en los que el país creció apenas un promedio de 1,6% anual, muy por debajo de su promedio histórico; la inversión extranjera completó tres años consecutivos de caída; las exportaciones perdieron dinamismo; y el PIB per cápita real creció a un ritmo muy modesto.
Y, aunque parezca contradictorio, ese es precisamente el punto de partida ideal.
¿Por qué? Porque cuando una economía pasa varios años creciendo poco, comienzan a aparecer activos baratos, proyectos aplazados y empresarios esperando una señal para volver a invertir. Somos un resorte comprimido, listo para ser liberado.
Por eso creo que, si alguien está buscando un buen momento para invertir o empezar a construir una empresa, ese momento puede ser ahora.
De la misma manera, existe un enorme talento colombiano listo para construir y también una gran cantidad de capital internacional buscando dónde invertir. Basta ver que cerca de cinco millones de colombianos viven hoy en el exterior y que en 2025 enviaron al país más de US$13.100 millones en remesas, un máximo histórico. No es de extrañarse que incluso las constructoras estén comercializando proyectos de vivienda específicamente para ellos.
Ahora imaginen el impulso que podría recibir el PIB si un porcentaje de esos colombianos decidiera regresar con su capital, su experiencia y sus contactos para crear empresas en el país.
Pero hay un factor que, para mí, cambia completamente la ecuación y explica por qué este ciclo podría ser diferente a cualquier otro que haya vivido Colombia.
Nunca en la historia había sido tan barato crear una empresa.
La inteligencia artificial se está convirtiendo en la herramienta más poderosa para democratizar el emprendimiento que hemos visto en décadas. Lo he vivido en carne propia, tanto como emprendedor como inversionista, viendo cómo el buen uso de esta tecnología puede darle verdaderas alas a quien quiere construir.
Hoy existen herramientas como HablaWeb, que permiten crear una página web en menos de cinco minutos por menos de $50.000. Hace apenas unos años, eso implicaba contratar desarrolladores, diseñadores y esperar semanas para obtener un resultado similar.
También existen herramientas que permiten tercerizar buena parte de la contabilidad con soluciones como Rillet o recibir apoyo jurídico mediante plataformas como Harvey AI.
Si antes escalar una empresa requería levantar mucho capital para contratar equipos completos, hoy una parte creciente de ese trabajo puede hacerla la inteligencia artificial.
Hace apenas unos meses, dos emprendedores en Estados Unidos crearon una empresa llamada Medvi para distribuir medicamentos para bajar de peso. Siendo prácticamente solo ellos dos, lograron generar cerca de US$400 millones en ingresos durante su primer año y alcanzar una valoración cercana a US$1.800 millones, partiendo de una inversión cercana a US$20.000.
Lo más bonito es que estas herramientas están hoy al alcance de cualquier colombiano. Por primera vez, un emprendedor en Bogotá tiene prácticamente las mismas herramientas que uno en Silicon Valley, Suecia o Israel. Si sabemos aprovecharlas, podríamos vivir los cuatro años de mayor emprendimiento de nuestra historia.
Pero construir empresas no depende únicamente de la tecnología. También depende del entorno donde esas empresas nacen.
Hay una frase famosa que dice que, si Estados Unidos estornuda, al resto del mundo le da gripa. Algo parecido decía mi profesor de Economía en la universidad.
Pues durante los últimos años, Colombia pasó de la gripa a la hipotermia en su relación con Estados Unidos.
Hoy el panorama parece diferente. Más allá de las posiciones políticas de cada uno, estamos viendo señales de una relación mucho más cercana: senadores estadounidenses visitando Colombia, un diálogo más fluido entre ambos gobiernos y un mayor interés por fortalecer la relación bilateral.
Gústenos o no, Estados Unidos sigue siendo la economía más importante del mundo y el mayor mercado de consumo del planeta. Si aprovechamos esa relación para aumentar nuestras exportaciones, atraer inversión y fortalecer el intercambio de talento y conocimiento, el impacto económico podría ser enorme.
Y, como si todo esto fuera poco, hay otra oportunidad de la que todavía hablamos muy poco.
Tenemos un vecino que lentamente empieza a despertar de una de las crisis económicas más profundas de la historia reciente.
En 2014, Venezuela tenía un PIB cercano a US$500.000 millones. Ese mismo año, Colombia tenía un PIB cercano a US$380.000 millones.
Si durante la próxima década Venezuela recupera parte de esa capacidad productiva y de consumo -sumado a que posee las mayores reservas probadas de petróleo del mundo-, Colombia podría convertirse en el país más beneficiado de esa recuperación.
Y es que Maracaibo está incluso más cerca de Bogotá que Leticia.
Imaginen el potencial de convertirnos en uno de los motores de la reconstrucción económica venezolana. Poder exportar bienes, servicios, tecnología y soluciones financieras, e incluso invertir desde el comienzo en las nuevas empresas que surgirán durante ese proceso.
Imaginen poder llevar a cerca de treinta millones de personas adicionales muchos de los productos y servicios que ya ofrecemos en Colombia. O invertir desde cero en las compañías que podrían convertirse en el D1, Rappi o Tpaga de una Venezuela que vuelva a crecer.
Juntos representaríamos un mercado cercano a los 80 millones de personas. Y, si Venezuela logra recuperar una parte importante del tamaño de su economía, ambos países conformarían una economía de un tamaño similar al de México, en términos de PIB.
Por todo esto -por el punto de partida desde el que venimos, por el poder transformador de la inteligencia artificial, por la posibilidad de fortalecer nuestra relación con Estados Unidos y por la enorme oportunidad que representa una eventual recuperación de Venezuela-, cuando hoy me preguntan qué va a pasar con Colombia en los próximos cuatro años, respondo con algo más que el optimismo de un emprendedor.
Creo sinceramente que Colombia podría estar entrando en uno de los mejores ciclos económicos de las últimas dos décadas.
Ahora depende de nosotros aprovecharlo.
¡Vamos, Colombia!