Desde el pasado 11 de junio, los ojos del mundo empezaron a dirigirse a la que se considera la cita deportiva más importante de la historia moderna: el Mundial de Fútbol. En esta oportunidad, los anfitriones del certamen reciben, por primera vez en la historia, a un total de 48 selecciones de todos los continentes, que disputarán 104 partidos durante poco más de un mes.
La ampliación del torneo no solo incrementa el número de encuentros y participantes, sino que también amplía el alcance global de una competencia que moviliza a miles de millones de espectadores.
Más allá de la emoción deportiva, la Copa Mundial representa uno de los mayores eventos económicos del planeta y, en este contexto, el certamen ofrece una oportunidad para analizar cómo variables económicas y sociales se entrelazan con el desempeño deportivo de las selecciones participantes y con las dinámicas de los países que las representan.
La economía entra a la cancha
Las dimensiones económicas del Mundial 2026 son comparables a las de una economía nacional. La Fifa estima que durante 2026 obtendrá ingresos cercanos a US$8.900 millones, impulsados principalmente por los derechos de televisión, la venta de entradas y los acuerdos comerciales.
Para poner la cifra en perspectiva, estos recursos equivalen a cerca de una quinta parte del PIB de Paraguay y superan ampliamente el tamaño de economías como las de Guyana o Sierra Leona, dos países cuya producción anual de bienes y servicios es inferior a los ingresos que generará el torneo en un solo año.
No obstante, el éxito del torneo no depende únicamente de los recursos que genera la Fifa. La calidad del espectáculo también está asociada al nivel de competitividad entre las selecciones participantes, a qué tan equilibrados o parejos terminan siendo los enfrentamientos.
De modo ilustrativo, esa medición se puede hacer con el coeficiente de Gini, aplicándolo al valor de mercado de las plantillas de 26 jugadores de los 48 equipos. Al igual que para medir la desigualdad de ingresos, entre mayor sea el coeficiente, mayor será la desigualdad entre los participantes.
Para el Mundial de 2026, tendremos un coeficiente de 0,53; este resultado lo ubica en una posición intermedia dentro de los últimos seis mundiales (Gráfico 1). De hecho, a pesar del aumento en la cantidad de equipos y de una redistribución en los cupos de las diferentes confederaciones, se mantuvo relativamente estable con respecto a 2022.
Esto muestra que, aunque seguirá habiendo diferencias entre las grandes potencias y selecciones de menor valor, la distribución del talento no será excepcionalmente desigual en comparación con la historia reciente.
Pero las diferencias asociadas al Mundial no se limitan a lo que ocurre dentro de la cancha. El torneo también pone de manifiesto importantes brechas económicas entre los aficionados que buscan acompañar a sus selecciones.
Aunque el precio de una entrada es el mismo para todos los compradores, el esfuerzo económico necesario para adquirir una boleta varía enormemente de país a país (Gráfico 2). Mientras un aficionado en Escocia tendría que destinar apenas el equivalente a 0,2 salarios mínimos mensuales para adquirir una de las boletas más económicas, para un trabajador en Ghana el costo supera un año de trabajo.
En el caso de Colombia, las recientes alzas salariales nos han puesto en un punto medio entre todos los aficionados, ya que se tendría que contar con el equivalente a 1,1 salarios mínimos para poder asegurar una entrada. El informe completo, con otras consideraciones adicionales, se publicó en la página web de la Anif.