Analistas 11/09/2021

Oda a los Voltearepas

Ariel Bacal
Consultor empresarial

El 26 de junio de 1996 mi equipo, el América de Cali, quedó por cuarta vez subcampeón de la Copa Libertadores. Cuatro veces y nada que “dábamos la vuelta” como dicen en Argentina cuando el equipo queda campeón. A pesar de que el Pipa de Ávila salió goleador del torneo, a mí me embargaba una amargura existencial, un cosquilleo en el alma, algo radical había que hacer.

Después de mucha reflexión decidí volverme hincha del primer equipo colombiano que subió a la primera división: El Atlético Huila, comandado en esa época por Guillermo el “teacher” Berrío.

Hay que apoyar a los equipos chicos, pensé. Ya basta de estar con los poderosos. Salí lleno de esperanza con un nuevo propósito de vida, a buscar en el centro de Cali la casaca amarilla-verde de los opitas. Pero sin mucha suerte. Por esa época en Cali se era del América o del Deportivo Cali. No había mucho espacio a la libre expresión de la personalidad. No es como hoy que se puede escoger entre ellos, ellas, “elles” y cualquier otra combinación.

Conseguí una camisa amarilla que servía. Me la puse con orgullo y decidí salir del clóset futbolero con mi parche de amigos. Les anuncié, un día después de un picadito de fútbol, que de ahora en adelante era hincha del glorioso Atlético Huila; que era parte de la barra opita; de los bambuqueros. En medio de mi anuncio se levantó un amigo de toda la vida, me miró a los ojos y me dijo: “vos sos un voltearepas”.

¡Horror! No hay peor insulto que decirle a uno “voltearepas”. ¿Será que eso no se puede?, pensé. ¿Cambiar de opinión no es posible? Eso me impulsó a meterme a estudiar qué decían los filósofos de nosotros los “voltearepas” y, por azares de la vida, me encontré a uno de los más grandes: Karl Popper.
Popper era un filósofo austriaco que enseñó en el London School of Economics, y una de sus principales metas intelectuales era demostrar la diferencia entre ciencia y “pseudociencia”. La pregunta que él quería responder era, en sus propias palabras, “¿Cuándo debe clasificarse una teoría como científica? No creo que exista una pregunta filosófica más relevante en momentos en los que todos queremos posar de premio Nobel en nuestras redes y tanta basura circula bajo el título de ciencia.

Cuando uno piensa en ciencia, lo primero que se le viene a la cabeza es un conocimiento único, infalible, que no cambia. El científico lo vemos como el dueño de la verdad. Pero resulta que la conclusión de Popper es todo lo contrario. Un conocimiento es científico si se pueden desarrollar formas de refutarlo, de falsearlo. Cualquier conocimiento que no haya forma de refutarlo con experimentos no es científico.

Es la diferencia entre ciencia y religión, entre astronomía y astrología y otras. La ciencia, para ser ciencia, tiene que poder refutarse, no es un totem intocable al que nadie puede acercarse. Es por su capacidad de poder refutarse con nuevos experimentos que la ciencia se considera ciencia. La irrefutabilidad no es una cualidad de la ciencia, es una cualidad de pseudociencia.

La habilidad de poder refutarse con experimentos también le da la propiedad de cambiar, de actualizarse con la nueva realidad. Por eso cuando los científicos cambian de opinión ante nueva evidencia, no son mentirosos. Están haciendo ciencia precisamente.

Cuando leemos un comentario científico lo tenemos que preguntarnos, no es si es verdad o no, sino si hay posibilidad alguna de demostrar que es falso y si se pueden desarrollar experimentos para demostrar que no aplica a la realidad. El conocimiento científico se construye así, refutando teorías existentes para construir una mejor. La ciencia es “voltearepas”, diría Popper. Y por eso es ciencia. ¡Tremendo!, ¿será que mi corto paso por la hinchada del Atlético Huila era un movimiento científico?, Será que si Popper hubiese parchado ese día en Cali con mis amigos cuando anuncié mi adherencia a los opitas, ¿me hubiese apoyado?

Nunca lo sabré, pero leyendo a Popper eso de ser “voltearepas” no suena tan mal. Tiene buena pinta, es hasta “cool”. Me provoca combinar mi camisa amarilla con la bata de científico.

* Después de una exitosa carrera como jugador y técnico, el “teacher” Berrio falleció el pasado abril a los 53 años. Paz en su tumba.

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