Analistas 29/03/2022

Solo cierre los ojos

Ariel Bacal
Consultor empresarial

Creo que se nos olvidó a todos que estamos viviendo los últimos días de esta pandemia. Como no lo vamos a pasar por alto si nos cambiaron la pandemia por la guerra; a covid por Putin; a la tragedia de las muertes por el virus y la pobreza por los aislamientos a los asesinatos de civiles inocentes y a los millones de personas refugiadas y, para colmo, la amenaza nuclear.

No solamente estamos presenciando en vivo la invasión de Ucrania, sino la transformación de Rusia en un estado totalitario o, como dice la última portada de The Economist, la stalinizacion de Rusia, es decir el regreso del terror y la propaganda de Stalin en la sociedad rusa actual.

No es la primera vez que el mundo está en esto y por eso es importante entender qué piensan los que se dedican a eso, a pensar y escribir. Es momento de traer a la mesa la obra de Hannah Arendt, la escritora y filósofa judía alemana que dedicó gran parte de su carrera a entender los orígenes de los sistemas totalitarios.

Arendt vivió en carne propia el antisemitismo de los nazis y su obra es hoy más relevante que nunca. De todas sus creaciones intelectuales la más polémica y la que quisiera dejarles acá es su reportaje del juicio a Adolf Eichmann en Jerusalén.

Eichmann, que su nombre y su memoria sean borradas, (esa es la forma que tenemos en el judaísmo de referirnos a gente como esta) era la persona encargada de la logística detrás de la maquinaria nazi para asesinar judíos en la Europa ocupada. Era el tipo que facilitaba todo el andamiaje que tenían los nazis con el cual lograron asesinar a 6 millones de judíos.

El dirigente nazi se logró escapar a Argentina y vivía una vida tranquila hasta que el servicio secreto israelí lo ubicó y lo llevó a juicio a Jerusalén. El juicio sirvió para que los sobrevivientes pudiesen contar las atrocidades que vivieron y fue una especie de catarsis colectiva. Para hacer una historia de síntesis, Eichman terminó colgado.

Hannah Arendt asistió como reportera a cubrir el juicio, y las conclusiones que sacó son escalofriantes. Lo que le impresionó de Eichmann no era su maldad radical, ni su cinismo, ni que era un tipo sádico y malvado. Lo que le impresionó fue que era una persona normal; que quería hacer su trabajo de la manera más eficiente y que no pensaba, solamente repetía frases de cajón y propaganda.

El psiquiatra que lo examinó durante el juicio lo encontró “tan normal como yo “. Un hombre que fue responsable de asesinar a millones de personas inocentes regresaba todos los días a su casa como cualquier “hijo de vecino”. Le daba un beso a su esposa, sacaba a pasear al perro y seguro acostaba a sus hijos. Me imagino que si su esposa le preguntaba: ¿cómo te fue hoy en el trabajo? Él respondía “muy bien mi amor”, mientras hacía cálculos de cuánta gente mandó a los campos de exterminio y cuántos de ellos murieron en las cámaras de gas ese día y lo comparaba contra su presupuesto mensual. Esa era su tarea.

Arendt nos deja con varias ideas que pensar: la principal es que “El mal, como ella lo vio, no necesita ser cometido solo por monstruos demoníacos, sino, con un efecto desastroso, por idiotas e imbéciles también”.

Es decir, no se necesita ser malo para hacer actos de maldad. Se necesita repetir y creerse la propaganda oficial, pues para los regímenes totalitarios lo más importante no es que todos sus seguidores sean fanáticos, sino que la mayoría no piense, solo repita. Como los soldados rusos que le dicen a los ucranianos “tranquilos, hemos venido a salvarlos de los nazis”, imbéciles les diría Arendt y con gusto lo repito yo.

Es que mientras que a los ucranianos les toca luchar contra el mal representado por Putin y los imbéciles de allá, a nosotros nos toca luchar contra el mal-banal o el mal-light que anda suelto por acá.

Ese que se disfraza de gente que se las da de interesante diciendo que Putin tiene razón, o que lo provocaron o de candidatos a la Presidencia haciendo comparaciones entre Zelensky, Hussein y Gadafi, que sonrientes e histriónicos preguntan “¿dónde estabas tú en la invasión a Irak? ”, o de periodistas con agendas ocultas que pareciera que se ganaron en una piñata el derecho de tener un micrófono delante de su boca.

Y es que “sin querer queriendo”, como decía el Chavo, uno puede terminar siendo del bando de los malos. Si repites sin pensar; si utilizas cualquier tipo de argumento para defender lo indefendible puedes terminar en el bando equivocado.

Para eso yo le tengo un método simple. Cuando usted oiga a uno de estos tipos tergiversando la razón o la historia, cierre los ojos,; imagínese viviendo en alguno de los dos bandos, si la idea de vivir bajo el régimen totalitario de Putin lo emociona, pues defiéndalo. Pero si le da pereza vivir en ese tipo de régimen y lo considera impresentable pues no hay argumento que sirva, por más lógico que suene.

Cierre los ojos, no se deje manipular por los que repiten, los que no quiere que usted piense, los que les gustan las falacias (argumentos que suenan lógicos, pero no lo son) para tergiversar la realidad y siempre recuerde lo que dijo Ruben Blades en la versión en vivo de “Ojos de Perro Azul”. “Si tú no usas la cabeza otro por ti la va a usar”. Ahí se los dejo.

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