Con Colombia ad portas de llevar a segunda vuelta a un candidato abiertamente marxista, vale la pena preguntarse algo que pocos responden: ¿qué es el marxismo, en qué se fundamenta y por qué fracasó en todos los países donde se aplicó? Y, sobre todo, ¿por qué todavía hay gente que lo defiende?
Todo el edificio del marxismo descansa sobre una idea: la teoría del valor trabajo. El valor de un bien está determinado por el trabajo humano incorporado en su producción. Si el trabajo es la única fuente de valor y el capitalista se queda con parte sin trabajar, entonces el capitalista roba. Marx llamó a eso plusvalía. La conclusión es inevitable: la clase obrera se rebelaría y tomaría el control de los medios de producción.
El problema es que la teoría del valor trabajo es fundamentalmente falsa. El valor no lo determina el trabajo incorporado, sino lo que el bien vale para quien lo compra. Una persona que tarda diez horas fabricando un tornillo produce un tornillo que vale lo que alguien esté dispuesto a pagar. El mercado no pregunta cuánto sudaste; pregunta cuánto sirve. Esto lo demostró la economía moderna antes de que Marx terminara El capital, su obra principal.
Pero la teoría del valor trabajo no es solo economía; es moral. Justifica la indignación, señala al culpable, promete la redención. Por eso sobrevivió a su refutación sin problemas.
La predicción central tampoco se cumplió. Los trabajadores prefirieron negociar salarios y mejorar sus condiciones dentro del sistema. La solución la encontraron ciertos intelectuales: profesores, líderes sindicales, políticos con ansias de poder, que descubrieron en el marxismo una explicación para su resentimiento. Si el sistema es corrupto por definición, el fracaso personal nunca es culpa propia. El marxismo dejó de ser la teoría de los explotados para convertirse en la teoría de los resentidos.
Y el sistema universitario garantizó la oferta. Marx acumula más de 500.000 citas en Google Scholar, más que cualquier economista que haya explicado cómo funciona el mercado. En humanidades y ciencias políticas, el marxismo no es una teoría entre varias, es el punto de partida obligatorio. Cada año egresan miles convencidos de que el capitalismo es explotación. Nunca estudiaron por qué el socialismo fracasó, pero dominan el vocabulario de la opresión con fluidez perfecta.
El economista austriaco Schumpeter lo predijo en 1942: el capitalismo genera los intelectuales que buscan destruirlo. Produce el excedente que sostiene universidades cuyos egresados viven de criticar el sistema que los alimenta. No es conspiración, es estructura.
La próxima vez que escuche a un candidato hablar de plusvalía y control de los medios de producción, recuérdese: es una teoría refutada antes de que su autor la terminara, que nunca funcionó donde se aplicó y que hoy sobrevive no entre los trabajadores que dice defender, sino entre resentidos que no vienen con nada bueno. Ahí se los dejo.