Analistas 04/03/2021

Caos

Axel Kaiser
Director ejecutivo Fundación para el Progreso

Pocas cosas le han hecho más daño al país que la cantidad de personas en su élite que han realizado estudios de posgrado en humanidades, derecho y ciencias sociales, en universidades extranjeras.

Como sabemos, las universidades occidentales se encuentran capturadas por activistas de izquierda radical que refuerzan en sus estudiantes la cultura del victimismo y la ideología que ha llevado a cacerías de brujas sin límites y, en casos como Estados Unidos, a movimientos mediáticos y sociales en contra de las policías. En Estados Unidos, sin embargo, hay un gran sector de la clase política, medios de comunicación, empresarios e intelectuales que defienden los valores del Estado de derecho y que apoyan a sus policías y fuerzas armadas.

En Chile casi nada de eso existe. Diversos empresarios financian canales de televisión y medios expertos en promover la ideología subversiva y, con pocas excepciones, no se atreven a hablar claro porque en su mayoría carece de claridad intelectual y de coraje. Es cierto que culturalmente Chile es un país en que el diálogo suele ser deshonesto y ladino, y es mal vista la gente que dice lo que piensa porque “molesta”, pero cuando se está en posición de liderazgo frente a un país que se cae a pedazos, lo menos que se puede esperar es que se saque la voz y se digan algunas verdades, sin las cuales es imposible sostener el orden social.

La más elemental de esas verdades es que Chile requiere un liderazgo de mano firme, es decir, dispuesto a usar la fuerza legítima del Estado con decisión, aunque implique costos desagradables. ¡Fascista!, van a exclamar muchos, pues sabemos que en Chile defender el Estado de derecho es “fascismo”, pero matar, destruir, quemar, traficar drogas y perseguir a las fuerzas policiales es “democracia” y “manifestación”. Y así, debido a la subversión de valores que ha permitido la centroderecha y ha abrazado la centroizquierda, ambas motivadas por ese freudiano impulso de ser amadas por la izquierda dura, vemos cómo el país se hunde en un caos cada vez más extendido.

Es que nuestros líderes políticos y muchos de los intelectuales que los asesoran -cuya mente bonsai ha sido podada cuidadosamente en las cafeterías de los campus de Boston, Chicago, Cambridge y otros para cumplir a la perfección su rol ornamental- creen encontrarse en una convención del Partido Demócrata, donde todos compiten por señalar qué tan virtuosos son y donde gritar “defund the police” es experimentado como el máximo orgasmo de bondad, uno al cual la mayoría moralmente frígida no puede aspirar.

En Chile no hay mejor ejemplo de lo anterior que el tema constitucional, donde algunos expertos en el área se concibieron a sí mismos como los James Madison locales -sin tener ni el crudo realismo ni las ideas libertarias de Madison-, abrazando el delirio refundacional bajo la idea de que este era la respuesta al problema de la violencia. Fueron engañados como niños por la izquierda radical, porque en realidad muchos actúan como niños que prefieren vivir la fantasía de que las cosas se pueden arreglar sin pagar un costo.

Y así estamos, meses después del referéndum con el caos desatado, dando cuenta de la total incompetencia de nuestra élite y con la democracia en riesgo vital.

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