Analistas 12/07/2021

Abejas vs. Ovejas

Brigitte Baptiste
Rectora de la Universidad Ean

La covid-19 tal vez sea una plaga surgida o propagada por la deforestación y el cambio ambiental en China, unidas con la vulnerabilidad de una humanidad biológicamente hiperconectada. Pero lo que es seguro es que detrás de la destrucción ecológica del planeta hay causas muy concretas, algunas globales, otras más locales. En Colombia, por ejemplo, las ovejas y las cabras hacen parte de una de las peores cadenas de degradación ambiental, pues donde quiera que han llegado han llevado a la vegetación silvestre a una grave condición, causando erosión severa, desecación y contaminación del agua. Sin mayores cuidados, transmiten virus, bacterias y parásitos de alto riesgo para las personas, entre ellos el temible ántrax o carbunco. La definición más clásica de una plaga.

En la Guajira, donde se calcula que existen entre 1 y 3 millones de ovinos y caprinos, la mayoría pastoreando libres y con mínimos cuidados sanitarios (hay esfuerzos excepcionales como los de la organización Caprigua), la situación del bosque seco es patética, al igual que en los paisajes santandereanos y boyacenses del Cañón del Chicamocha o los Caucanos del Patía, por solo citar los más llamativos. Se trata de una plaga sin control, pese a su condición “doméstica”, que además se ha insertado en las tradiciones y en la gastronomía regional con deliciosos platos como el friche o el cabrito asado.

Ovejas y cabras son oriundas del viejo mundo, llegaron con los conquistadores en sus barcos donde eran celosamente protegidas por marineros que valoraban la resistencia de estos animales. Moneda de cambio milenaria, por su fácil transporte, se convirtieron pronto en un elemento central de la economía Wayuu, que encontró en ellas el mejor aliado colonizador de tierras duras donde había pocas opciones productivas.

Hoy día son factor de prestigio e intercambio más que de consumo y la causa central de la degradación del territorio, que otros le achacan a la minería. Obvio, hay conexiones, una parte de las transferencias de Cerrejón SA a la Nación (cercanas a $1,7 billones en 2019) o de las compras y contratos locales a más de 160 proveedores (superiores a $92.000 millones el mismo año) seguramente se han convertido en cabras que medran libremente y destruyen el territorio colectivo.

Curiosamente, es posible que no sean las ovejas sino las abejas las que logren ofrecer una alternativa viable al colapso ecológico que se avecina, en la medida que la producción de mieles nativas tiene un alto valor en el mercado y las abejas “pastan” en la misma vegetación que sus cuasi homófonos destruyen. Incluso, como cabe suponer, las abejas polinizan y restauran las comunidades de plantas que abundaban antes de la plaga caprina, hoy más hambrienta que nunca, lista para consumir años de costosa restauración forestal en cuestión de meses.

Cabe pensar si, en estos tiempos en que ya se debe cerrar la operación carbonífera, habrá una oportunidad de utilizar parte de sus regalías en la transformación de la cultura ovejuna por abejuna, al tiempo que veamos el paisaje reverdecer y llenarse de grandes eólicas y solares para exportar energía al resto de país. Difícil, eso sí, en un territorio donde cada gobernador electo es rápidamente destronado o encarcelado, vaya a saber si por muy abeja o triste chivo expiatorio…

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