Analistas 22/01/2026

Adicción a las redes: ¿evolutiva?

Brigitte Baptiste
Rectora de la Universidad Ean

Entre el ritmo bucólico al que apelaban los poetas romanos o la calma serena de los abuelos en el mambeadero, y el frenesí de los microcontactos de las redes digitales contemporáneas hay una distancia gigantesca, especialmente en la forma en que acaba entrenado el cerebro para insertarse en la complejidad del mundo. La neuroecología comienza a guiarnos en esa reflexión, pues el desarrollo cognitivo de las personas inicia desde los primeros momentos del embrión y se afianza gracias a la riqueza de estímulos a los que se expone; antes se hablaba del “efecto Mozart”, pero hoy sabemos que es más que una respuesta a ciertos estímulos, es toda una construcción de conectividad con el resto del mundo, un mecanismo de “sentido compartido”. Por eso, en un momento donde buscamos restituir la conexión entre seres humanos y con otros seres vivos no humanos, hay que pensar qué papel juegan las tecnologías, creaciones nuestras tan naturales como la religión, la pornografía, los misiles y el helado de ron con pasas.

La prohibición del uso de dispositivos “inteligentes” para los menores en Australia, o el creciente control al manejo de teléfonos con acceso a redes de datos representa una señal de la preocupación de padres, educadores y gobiernos que creen “restar perdiendo” el futuro de la sociedad y la humanidad en manos de las IA, que hoy se despliegan incontrolables por el planeta. Pero una hipótesis alternativa es que estamos siendo testigos de una profunda transformación biológica de la especie humana que está por dar un salto hacia la formación de organismos coloniales, de la misma forma que sucedió cuando aparecieron los corales y las medusas hace millones de años, y que esa coalescencia proviene de la creación de vínculos tanto conscientes como inconscientes entre millones de seres y otras entidades ecológicas emergentes, como los ordenadores en forma de robot. La innovación cuando es realmente algo nuevo, es disruptiva.

Para muchas personas ver a los jóvenes adictos al TikTok e incapaces de mantener la atención en nada más de 10 segundos es una señal de daño mental e imposibilidad de aprendizaje profundo o formación de capacidad crítica autónoma. Pero tal vez esa condición es una señal de patrones de inteligencia colectiva en su infancia, donde estamos jugando y arriesgando nuestra identidad individual, lo que no debería ser motivo de preocupación en sí, me atrevo a afirmar: lo crítico es, como siempre, la biopolítica que se esconde detrás del control de esas redes cognitivas emergentes y deseantes, donde la publicidad de toda índole se convierte en la peor trampa. Pero de nuevo, como en otros momentos de la evolución, la respuesta tranquilizadora (tal vez no para todos) aparece en la diversidad de trayectorias que se establece en todo sistema complejo, y que hará que coexistan muchos procesos de integración sometidos a controversia y selección cultural en los años por venir, donde tal vez algun@s perdamos la razón como en las sociedades colectivizadas por la fuerza, pero otr@s encontremos el consuelo y el sentido de las congregaciones creativas que han existido a lo largo de los tiempos y que tendrán nuevas oportunidades de expresión en los metaversos.

Es muy pronto para saber si seremos los piojos de las IA, pero no para insistir en que queremos seguir gozando la individualidad en medio de una vida compartida con la de un planeta que debemos recuperar, para lo cual lo que importa no es apagar el teléfono, sino saber cuándo y dónde prenderlo.

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