Los procesos climáticos están rediseñando la superficie del mundo, como ha sucedido a lo largo de toda su historia geológica, solo que a otro ritmo. Esta semana, paradójicamente en medio de la celebración del Día de los Humedales, una onda fría totalmente inusual causó aguaceros sin fin y el desbordamiento del río Sinú.
En este momento, miles de personas lo han perdido todo y requieren la solidaridad y la asistencia del Estado y del resto de la sociedad, pero en el futuro cercano dispensar ayuda será cada vez más difícil, porque cada quien estará achicando agua o apagando incendios en sus propios pagos.La Niña atacó con un coletazo inesperado y toda la Costa Caribe quedó anegada. Aún es temprano para saber el valor monetario de las pérdidas, que se sumarán al déficit fiscal de un país que todavía no se decide por hacer bien las cuentas ambientales, porque entonces el PIB sería cada vez “más menor”, como dijese alguna vez un político santandereano.
Es cierto que, en algunos casos, la destrucción de infraestructura y la reconfiguración de los paisajes pueden inducir inversiones y gasto público para la renovación territorial, un efecto que la teoría ecológica del disturbio o el urbanismo contemporáneo entienden bien: incluso el colapso programado, como aquel que deriva de la demolición de viejos puentes o del cambio de uso del suelo, puede llevar a la reconfiguración de los modos de vida y de los sistemas productivos de grandes regiones. Pero ello no es ni éticamente lícito si genera sufrimiento ni necesariamente posible por fuera de ciertos umbrales de seguridad.
Por eso, el desplazamiento climático de poblaciones vulnerables equivale, sin ambages, al que causa la guerra. Córdoba, en estos días, se parece más al Catatumbo de lo que creemos y nos ha de llevar, con el tiempo, a nuevas consideraciones acerca de las responsabilidades que se derivan de cada caso.Philip Sands, invitado del Hay Festival, ha escrito profusamente acerca de los genocidios y los genocidas en la historia reciente de la humanidad a partir de su ejercicio en los estrados internacionales.
Considera que existen crímenes ambientales que, por su alcance, deberían ser juzgados por la Corte Penal Internacional o por una instancia que aún no aparece en el multilateralismo y que, en estos momentos de la historia, parece la institución menos probable. El tiempo dirá si el dolo que implica el negacionismo climático será la fuente de un nuevo Núremberg. Aquellos que quieren hacer de los desastres fuente de enriquecimiento, como en los incendios del Guaviare, se ponen en la misma situación que quienes han impulsado el genocidio en Gaza.
Ecológicamente hablando, la destrucción es renovadora. Que lo digamos los mamíferos, en deuda con el meteorito que acabó con los dinosaurios. Hemos tomado el lugar del meteorito, creyendo que el darwinismo mercantilista seleccionará a los “más fuertes”, sin haber leído nada de evolución y despreciando la sostenibilidad profunda. Hacer política basada en la inducción hipotética o relativamente controlada del colapso de las cosas, como en el caso del sistema energético o de salud colombianos, puede que obligue a una reorganización más virtuosa del sistema, pero la ruptura está siendo mucho más costosa que la transición, para parafrasear el admirable discurso del primer ministro canadiense en Davos. Las musarañescas entidades inteligentes digitales emergentes tal vez ya lo están presintiendo.