Análisis 31/10/2026

Digger

Brigitte Baptiste
Experta en sostenibilidad
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No me divertía tanto con una película desde que una tiburona gigante escondida en las catacumbas de París se comía de un bocado a su alcaldesa y luego a la adolescente animalista que buscaba protegerla (al bicho, no a la gobernante). El género de la comedia negra de vez en cuando refresca la mojigatería cultural con la que afrontamos la crisis ambiental desde todos sus frentes, recordándonos que la materialidad de la existencia es inevitable, que no hay esos lugares seguros que a veces promete la ciencia, y mucho menos esos castillos de fantasía donde se refugia el ambientalismo.

DiCaprio se burló del modelo civilizatorio en “No miren arriba” (Adam McKay, 2021), y ahora Tom Cruise se convierte en otro personaje detestable en “Digger” (González Iñárritu, 2026), una parodia del “drill, baby, drill” de Trump. Sale mejor librado el personaje, claro, porque no encarna al presidente de los Estados Unidos de América, sino a un próspero petrolero que, por codicioso, condena al planeta… a ser el que es. La patética representación de la Unión Europea frente al discurso demoledor del industrial pasará a la historia. Hay que ver este desastre de taquilla, sin angustiarse.

El cine comercial también es un refugio del pensamiento crítico, así no lo crean los diletantes que desprecian las adaptaciones de las novelas gráficas del panteón greco-hollywoodense, porque es en ellas donde se ponen en evidencia, a menudo con gracia, las duras limitaciones y los sueños de los seres humanos. Como en “El poeta”, una joya. Claro, no sé qué piensan los sabedores amazónicos del “Hombre Araña cruzando el multiverso”, y no vamos a dejar de ir al festival de cine francés para salir desolados y aporreados ante los dramas de la condición humana; también hay tiempo para la flagelación.

La imaginación y la creatividad corren desbocadas en estos tiempos de IA, repitiendo fórmulas antiguas y reproduciendo los mismos arquetipos (suena mejor que hablar de cochinos estereotipos) que forjaron los caminantes humanos que atravesaron las glaciaciones hace 50.000 años, para transformar su tiempo frente a la fogata, narrando aventuras con propósito de educación y entretenimiento (“edutainment”, dicen ahora), en tiempo de videojuegos: la comunidad de Roblox, por ejemplo, reúne cada día 123 millones de jugadores (de casi medio millón de usuarios) en una plataforma donde deben interactuar para crear universos.

Los usuarios de Minecraft construyen cada día uno de los universos más inspiradores del mundo, usado en miles de escuelas para facilitar la comprensión de conceptos básicos, que a mí me llegaron a través de la adorable Plaza Sésamo. LoL (League of Legends), otro monstruo de las plataformas, no supera, en su propuesta totalmente competitiva, la naturaleza colaborativa de los anteriores.

Los humanos usamos la ficción como el principal mecanismo para afrontar la incertidumbre. Inventamos personajes, mundos alternativos, distopías y utopías para tratar de indagar por la voluntad de los dioses. Creamos continuamente estéticas y pruebas conceptuales embebidas en propuestas artísticas que debatimos hasta el cansancio, incluso en los museos: es el único camino para la evolución cultural. Por eso, ningún proyecto político que quiera controlar las expresiones especulativas de la sociedad puede considerarse un legítimo representante de ella, y debe ser rechazado.

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