Industrias del pasado

Brigitte Baptiste

En el tránsito obligado hacia formas más sostenibles de producción muchas de las actividades económicas de la actualidad claramente deberán desaparecer o transformarse radicalmente. Es lo natural en un ambiente cambiante que impone nuevas fuerzas de selección y por tanto, retos de adaptación. Basta mirar la historia para extraer ejemplos de aquellas empresas y oficios que han persistido y cuáles ya no existen para entender tanto la evolución en acción y los factores que la indujeron como los intentos de resistencia.

Héctor Abad por ejemplo, en una reciente columna, citaba a Marruecos como un país donde se habían prohibido las bolsas plásticas a pesar del pataleo de la industria (o los importadores). En Colombia se cobran al usuario como desincentivo a su uso, pero todo apunta en el mundo a que la industria de los polímeros para empaques debería desaparecer: los residuos inmanejables derivados del uso irreflexivo, casi fetichista, de bolsitas y botellas y bandejas para todo es una afrenta para el bien común. Aceptando con Acoplásticos que son los “malos hábitos de los consumidores”, no el plástico, los que constituyen un problema y que la buena separación y disposición de los residuos ya es una opción, habría que preguntarse cómo nos imaginamos el mundo del uso de polímeros dentro de 25 años y si habremos logrado una sociedad consciente y capaz de manejar sus efectos o por el contrario, seguiremos pendientes de la revolución tecnológica y normativa que haga que el plástico funcione dentro de un ciclo de vida controlado, donde su uso no represente una amenaza a la salud planetaria. La industria de los empaques de polietileno está teniendo un efecto epidémico y debe promover, como ya lo hace tímidamente, la aparición de otra perspectiva en la producción de empaques biodegradables o de mayor reciclaje (como sucede con el PET), pero la pregunta para el gremio es cuándo sucederá, cuándo en Colombia y cuáles son las normas que efectivamente nos conducirían hacia ese futuro sin defenestrar a nadie, sabiendo que es imposible que en una transición urgente a la sostenibilidad no se incrementen las tensiones de competitividad. La idea de educar al consumidor es consecuente, pero es evidente que los modelos corporativos son insuficientes, pues se enfrentan a sus propias contradicciones y no cuentan con que hoy la educación en su conjunto es una de las actividades más refractarias a la construcción colectiva de un mundo sostenible.

La muerte de los oficios y las industrias es una constante en los negocios, pero nunca antes los temas ambientales habían constituido una fuerza de selección. La innovación es la salida, pero también existen mecanismos de resistencia para favorecer el statu quo, que incluyen la capacidad de lobby para que no cambien las reglas de juego, la limitación deliberada al acceso a información y la escasa gobernabilidad de los conflictos de intereses. La peor de todas las resistencias sin embargo, es la negación: al fin y al cabo, aún en tiempos de caos climático y de movilidad, todos tenemos derecho a la bolsita o al carro unipersonal; a cabalgar en nuestro propio dinosaurio, así sea eléctrico…

El problema es que defender el statu quo o el cambio lento puede ser letal para todos.

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