Analistas 11/04/2026

San Miguel

Brigitte Baptiste
Rectora de la Universidad Ean

Pocas cosas alegran tanto como la posibilidad de odiar con “justa causa”. En nuestra civilización, predominantemente cristiana, la posibilidad de esgrimir la “ira de Dios” desde el bastión de la moral y el buen gusto en que se han convertido las redes sociales es una obligación que solo entendería el buen arcángel, matador de demonios, maléficas serpientes en los antiguos mitos hebreos, dragones en sus versiones sincréticas nórdicas.

Los buenos y buenas feligreses que participan de la cotidiana conversación en internet, ahora más en Instagram que en X, ya una reconocida alcantarilla, se han convertido con fruición en la policía del cuerpo y las apariencias, listos a desenfundar la espada y atacar, a plantar su estandarte estético con gozo místico: como nunca, su propia belleza les guía, su bondad les justifica, su grandeza les ilumina.
Solo hasta la semana pasada entendí la importancia que la virtualidad tiene como ámbito para refugiarse y prevenir juicios apocalípticos, tan absolutamente destructivos y descarnados que, si fuese creyente, solo podría definir como carentes de toda caridad y compasión.

En un video donde invitaba a participar de un programa de becas de mi universidad, lo que menos imaginé que suscitaría fueron centenares, si no miles, de mensajes de censura, odio y manifestaciones explícitas de rechazo ante lo que a una parte de la audiencia le parecía mi falta de sindéresis: ni mi cuerpo, ni mi voz, ni mi atuendo les gustó, y lo dijeron tan violenta y espontáneamente que agradecí tener más de 60 años, el cuero duro y buenos amores, pensando en todos y todas las jóvenes que no han soportado la presión del juicio de la corte celestial y han desechado la posibilidad de existir.

Por fortuna, las solicitudes de oportunidades de estudio se han multiplicado también, gracias a quienes ayudaron a difundir la convocatoria, modesta pero genuina.

Curiosamente, se celebraba hacía poco el Día de la Visibilidad Trans, que busca llamar la atención hacia el derecho que tenemos todas las personas de manifestarnos públicamente y existir creativamente fuera del clóset, así los estándares estéticos prescriban lo adecuado y pretendan definir los límites de lo aceptable, como sucede con el arte. O los métodos y códigos predefinidos para las transgresiones, tan asociados con las jerarquías sociales y el poder. Tan hipócritas, como recalcaban muchos mensajes de mujeres trans agredidas, incluso asesinadas, por hombres incapaces de reconocerlas como sujetos de deseo y de derecho.

El tema es importante porque, en la secuela infinita de comentarios destructivos (ninguno acerca del mensaje), se hacía evidente la razón fundamental de los mismos: la mala educación. Claro, dirán, a la rectora le parece mala porque fue el blanco de las saetas y nos quiere convencer de sus maléficas intenciones, de su mal gusto, su pobre criterio.

Y sí, lo confieso, son maléficas y feas, hasta el tuétano: creo que se debe pensar más y guardar la espada, así les produzca arrebato cósmico.

A blandirla en sus metaversos, a matarse con los zombis si les hace sentir mejores personas. Y a los creyentes, que imagino son innumerables por sus invocaciones explícitas, a recordar que en esta, su Pascua de Resurrección, lo que dicen celebrar es el triunfo del amor.

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