Analistas 16/10/2026

Vivienda imposible

Brigitte Baptiste
Rectora de la Universidad Ean
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Mientras mi hija acampa en la Puerta del Sol de Madrid, acompañando a otros miles de personas que ya no logran acceder a ninguna vivienda en sus propias ciudades, pienso en la principal paradoja ambiental de nuestros tiempos: gentes defendiendo los derechos de la naturaleza, la pureza del agua y el aire, la exuberancia de la fauna y la flora, pero arracimándose en espacios construidos donde se ofrecen milímetros cuadrados… en una demografía que colapsa.

Paradojas de las transiciones: menos gente, más demanda por espacios privados o para personas solas, con otras aguas, otro aire, otra biodiversidad, a cambio de trabajar media vida para pagarlos. Así son las economías imperfectas en las que nos insertamos. En la misma calle que nos exaspera, nos preguntamos por qué tanta gente simplemente no se va.

Y los jóvenes nos preguntan, con razón, para dónde. Maricarmen murió acorralada.
¿Cuál es el umbral de tolerancia al desespero urbano? ¿Por qué la consciencia de la dependencia ecológica que tenemos de la ruralidad (todas las ciudades quedan en el campo, dice una buena amiga) no se traduce en un pago justo y eficiente a sus pobladores por el cuidado de los servicios ecosistémicos, para así incentivar su apego al territorio? ¿Por qué hay países donde quedan vacíos los pueblos, hasta que algún personaje excéntrico o un colectivo feminista se le mide a revivirlos, habiendo contingentes de migrantes bien dispuestos? ¿Ese es nuestro futuro, con tasas de natalidad inviables?

En todas las regiones de Colombia, no solo en sus profundidades, las personas mayores denuncian el reclutamiento (secuestro) como una de las causas que siguen afectando la permanencia de los jóvenes en el territorio, pero a la violencia de los grupos armados se suma la falta de servicios y oportunidades en el campo, que es, por otra parte, un mosaico de selvas, bosques silvestres o plantados, sabanas y pastizales, humedales y cultivos de toda índole, siempre lleno de potencialidad y con poco bienestar real.

La renuncia al desarrollo rural integral está íntimamente ligada con el deterioro ambiental de todo el país, pero quienes denuncian, energúmenos, la crisis prefieren vivir, así sea mal, en ciudades eutróficas donde también hay grupos al margen de la ley extorsionando y destruyendo el tejido social.

Parece que los humanos urbanos somos todos un poco habitantes de calle, discursivos en el frenesí de las nuevas tribus que se disputan a muerte los servicios públicos, un producto inusitado de la planeación y los esquemas tributarios modernos, incapaces de sobrevivir un día por fuera de las murallas. Reclamamos minerales, luz, agua y comida, pero no conocemos de dónde viene nada de eso ni a dónde van a parar los residuos.

Ni la gente: la gentrificación es cruel y los gobiernos deben actuar en consecuencia para equilibrar las presiones de una conectividad global que empuja y empuja a personas como Maricarmen, símbolo trágico de la insensibilidad e incapacidad de los mercados y el Estado para defender las condiciones de vida cívica de los habitantes de las ciudades contemporáneas.

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