Hace ocho días advertí en este espacio sobre la irresponsabilidad de prometer “vuelos a la luna” mientras el techo de la casa nacional se nos cae encima con un hueco fiscal superior a los $100 billones; el segundo más alto del mundo según la revista The Economist. Pero hoy, viendo el desfile de salvadores que aspiran al Congreso y a la Presidencia, me queda claro que el problema es muchísimo más grave. La mayoría de aspirantes no han entendido la magnitud del problema que enfrentan. El diagnóstico de caja es grave, pero el de las ideas es terminal.
Candidatos: su afán por aplausos fáciles los ha llevado a olvidar los principios más básicos de la prosperidad. Por eso, antes de que sigan imprimiendo volantes con “regalos”, los invito a pasar sus propuestas por tres filtros que la realidad, tarde o temprano, les cobrará.
El primero es el Test de Sowell. Las políticas no se juzgan por sus intenciones, sino por sus resultados. Cada vez que propongan un subsidio o una intervención, respondan: ¿Comparado con qué? ¿A qué costo? Y ¿qué evidencia hay de que esto ha funcionado? No nos digan que su programa es “bueno”; dígannos por qué es mejor que dejar ese dinero en manos de los ciudadanos que lo produjeron.
El segundo es el Filtro de Eficiencia de Friedman. Milton Friedman explicaba que hay solo cuatro formas de gastar el dinero:
- La primera es cuando usted gasta su dinero en usted mismo: cuida el costo y la calidad.
- La segunda es su dinero en otros (un regalo): cuida el costo, pero no tanto la calidad.
- La tercera es dinero ajeno en usted (un viático): busca la mejor calidad sin importar el costo.
- Y la cuarta es la del político: gastar dinero ajeno en personas ajenas. Ahí, a nadie le duele el costo ni le importa la calidad.
Candidato, cada vez que usted propone un nuevo gasto, nos está pidiendo mover recursos de la “Categoría 1” a la “Categoría 4”. Nos está pidiendo quitarle el dinero al colombiano que lo cuida con sudor en su hogar, para entregárselo a una burocracia que no tiene incentivos para ahorrar ni para servir bien. Si usted no puede demostrar con números en mano que su gasto estatal es más productivo que el que daría un padre de familia a esos mismos recursos, su propuesta es un ataque directo al progreso.
El tercer filtro es el más crudo: dejen de ser el “padre borracho”. Imagínense una mujer trabajadora, una confeccionista que madruga a las 4:00 a.m. a crear riqueza para sus hijos. Ella es el sector productivo de este país. En la puerta de su casa se encuentra con un marido -el Estado- que llega amanecido, con los bolsillos vacíos tras una noche de derroche, y que además intenta abrazarla para impedirle salir a trabajar. Ese es el drama colombiano: un Estado que no solo es insolvente, sino que se convierte en estorbo para quienes sí saben crear riqueza.
El éxito de una nación no depende de un líder mesiánico que “haga” cosas, sino de un marco de ideas que permita que los ciudadanos las hagan. El político no crea riqueza; a lo sumo, debe aspirar a ser un árbitro imparcial que garantice seguridad, justicia y reglas claras. Quiten las barreras, bajen los impuestos y permitan que el mérito y el esfuerzo vuelvan a ser el motor de este país. Colombia no necesita que el Estado le dé nada; necesita que deje de estorbar.