La historia de América Latina tiene un patrón macabro. Las tiranías no triunfan porque sus dictadores sean genios de la estrategia; triunfan porque quienes dicen defender la libertad están demasiado ocupados mirándose al espejo. Lo que estamos viendo hoy en Colombia con los dos principales candidatos de la oposición es una tragedia anunciada. Es la réplica exacta del suicidio venezolano: la incapacidad absoluta de unirse en torno a un proyecto superior por pura, física y silvestre vanidad personal.
En su libro El Presidente, el pensador liberal Carlos Alberto Montaner (QEPD) dedica un capítulo a una pregunta que nuestros líderes deberían hacerse frente al espejo: ¿realmente quiere ser presidente? Montaner desnuda la verdadera motivación de muchos políticos. Nos advierte que no buscan el poder para desmantelar el estatismo ni para proteger el sagrado derecho de los ciudadanos a crear riqueza. Lo buscan para satisfacer un impulso primitivo, casi biológico, propio del “macho alfa”. Es una sobredosis de narcisismo disfrazada de vocación de servicio, el deseo de ser la estatua en la plaza, no el albañil de la República.
Hoy basta abrir las redes sociales para ver este penoso espectáculo. Los dos principales candidatos de la oposición gastan más tiempo, energía y recursos atacándose entre ellos que demostrando las nefastas consecuencias de reelegir a Gustavo Petro en cuerpo ajeno. Mientras el país se desangra, mientras el gobierno actual destruye la salud, la seguridad, asfixia a los empresarios con impuestos confiscatorios y nos condena a la miseria bajo el dogma de que la riqueza es una torta fija que debe repartirse, nuestros supuestos salvadores juegan a medirse el ego. Parecen olvidar que la amenaza real es la continuidad de un modelo paternalista, estatista y autoritario.
Para empeorar el panorama, sus seguidores han caído en una inmadurez irracional. Se comportan como barras bravas de un equipo de fútbol, dispuestos a destrozar al aliado estratégico por un simple matiz, en lugar de enfilar baterías contra el colectivismo que amenaza con borrarlos del mapa. Han convertido la política en un culto a la personalidad.
Aquí radica la verdadera tragedia moral. Esta incapacidad de ceder no es un simple error de cálculo político; es una traición. Cada día que pierden en peleas estériles es un golpe al trabajador que teme perder su empleo y al emprendedor que duda si invertir sus ahorros. Ambos candidatos padecen el síndrome del salvador único. Conocen la aritmética implacable de la realidad: divididos no suman lo suficiente para frenar la aplanadora populista, pero creen infantilmente que la libertad solo cuenta si lleva su nombre y apellido en la placa. Han olvidado que la libertad requiere sacrificios, y el primero de ellos es el entierro de la soberbia.
Este es un ultimátum. Los empresarios que todavía arriesgan su capital aquí, los jóvenes que se niegan a huir del país y los ciudadanos de a pie que madrugan a trabajar y no a mendigar subsidios no merecen este circo.
A los señores candidatos y a sus séquitos, el país los está viendo, los está evaluando y espera mucho más de ustedes. Es hora de guardar la vanidad en el cajón, acordar un mecanismo de unión y plantarse juntos para defender la libertad. Si Colombia se pierde en las próximas elecciones, la historia no los recordará como líderes incomprendidos. Los recordará como los idiotas útiles cuya mezquindad y fuego amigo le entregaron las llaves del país al autoritarismo para siempre.