La superioridad moral del capitalismo
Hace poco estuve invitado a un panel universitario en Medellín. El público estaba compuesto por emprendedores: gente que madruga a crear valor, a resolver problemas reales y a arriesgar su patrimonio. En medio del debate, la moderadora -quien, paradójicamente, había sido decana de una facultad de administración-, incómoda por mi defensa de la libertad económica, soltó esta perla: “Camilo, no olvide que el capitalismo es el sistema que pone a los demás a trabajar para unos”. Ahí, frente a quienes sostienen a este país, los acusó de explotadores. Este no es un caso aislado: es la manifestación de lo que ocurre a diario en nuestras aulas. Como bien señaló recientemente Juan Carlos Echeverry, llevamos décadas soportando a profesores que, desde la comodidad que les brinda el libre mercado, enseñan que el capitalismo es un fracaso. Este es el gran fraude intelectual de nuestra era: inocular en los jóvenes el mito de la suma cero. Convencerlos de que el éxito del empresario exige, ineludiblemente, la tragedia del marginado. Es una narrativa del resentimiento que le regala la superioridad moral a los enemigos de la libertad.
Frente a estos ataques, quienes defendemos el capitalismo solemos cometer un error táctico: creer que el dato mata al relato. Demostramos empíricamente que es el mejor sistema para reducir la pobreza, pero al limitar nuestra defensa a la eficiencia matemática concedemos una victoria inmerecida. Asumimos la postura del técnico que justifica un “mal necesario”. Es hora de elevar el debate: el libre mercado no solo funciona; funciona porque es el único sistema fundamentado en una moralidad superior.
Muchos cometen el error de concebir la riqueza como un pastel estático que ya está horneado, esperando a ser repartido por un burócrata. Bajo este prisma distorsionado, quien posee una porción grande se la arrebató al menos favorecido. En un marco de propiedad privada, la riqueza no se “extrae”, se crea. El empresario no acumula capital escondiendo lingotes de oro; lo hace detectando necesidades ajenas, haciendo sacrificios, asumiendo riesgos que terminan convertidos en fábricas, máquinas, software y en un grupo de personas con el propósito de servir a los demás. Esa acumulación es el único motor capaz de elevar la productividad del trabajo humano.
Algunos profesores suelen confundir servidumbre con cooperación voluntaria, revelando su incomprensión sobre la abismal diferencia entre el poder político (coacción estatal) y el poder económico (persuasión). Antes del libre mercado, se trabajaba bajo la amenaza del látigo. El capitalismo pulverizó eso al institucionalizar el intercambio libre.
En una economía libre, la relación laboral es un contrato de mutuo beneficio. El empresario no es un señor feudal. De hecho, tanto él como el trabajador son sirvientes pacíficos de un soberano implacable: el consumidor. Es la democracia diaria del bolsillo la que premia a quienes sirven mejor a sus semejantes y castiga con la quiebra a los incompetentes.
Enseñar a los jóvenes que crear valor es un acto de explotación es condenarlos a la parálisis intelectual y al país al subdesarrollo. El capitalismo exige mirar al vecino no como una presa para saquear, sino como un socio al cual servir. Es momento de abandonar las disculpas y reclamar la altura moral. La libertad es el único pilar compatible con la dignidad humana. Si no detenemos este fraude intelectual en las aulas, el naufragio de la mediocridad será inevitable.