Analistas 22/07/2026

Quitarle banderas al socialismo lo fortalece

Camilo Guzmán
Director ejecutivo de Libertank

Berlín, 1883. El hombre más poderoso de Europa odia a los socialistas. Otto von Bismarck lleva cinco años persiguiéndolos con métodos duros y atentando contra la libertad: cierra sus periódicos, prohíbe sus reuniones y exilia a sus líderes. Y, sin embargo, ese año, ese mismo hombre firma la primera ley de seguro médico obligatorio de la historia; al año siguiente, el seguro de accidentes; cinco años después, las pensiones. El Estado de bienestar no lo inventó un revolucionario: lo inventó el conservador más duro de su siglo. Él mismo explicó por qué: un obrero que espera una pensión del Estado es un obrero que no hace la revolución contra el Estado. Había que quitarle las banderas al socialismo antes de que este las cobrara. Su invento era una vacuna: una dosis controlada de la enfermedad para no morir por su versión completa.

La vacuna falló estrepitosamente. Los socialistas que quiso comprar no se encogieron: crecieron y, en 1912, su partido era la primera fuerza del Parlamento alemán. La aritmética era inevitable, y esta es la parte que nadie cuenta: una vez el Estado acepta que le debe bienestar al ciudadano, el debate deja de ser si debe proveerlo y pasa a ser cuánto. Y en la subasta del cuánto, el líder racional y responsable pierde siempre: al que ofrece la pensión a los 70 lo derrota el que la ofrece a los 65; al que asegura al obrero, el que asegura a la familia entera. Bismarck no le quitó las banderas al socialismo. Le validó la premisa y le financió la campaña.

Alemania tuvo una segunda oportunidad y un hombre que la entendió. En 1948, Ludwig Erhard eliminó de un plumazo los controles de precios y el racionamiento, y las vitrinas vacías se llenaron en pocas semanas. Ese orden fue bautizado como “economía social de mercado”, y Erhard se pasó la vida peleando contra el adjetivo: la economía de mercado no necesita hacerse social, repetía, porque es social en sí misma; cuanto más libre, más social. Perdió la batalla semántica y el adjetivo creció hasta comerse al sustantivo: hoy Alemania gasta más en subsidiar pensiones que en cualquier otra cosa, acumula dos años de recesión y ve partir a sus fábricas centenarias. Nadie la invadió. Cada decisión fue votada y aplaudida.

Cuento esta historia porque el guion se exporta. Cada vez que en Colombia alguien propone defender el mercado inoculándole Estado -ayer, “economía solidaria”; hoy, “economía fraterna” o “capitalismo consciente”-, está recetando la vacuna de Bismarck. Y la vacuna tiene 140 años de historia clínica: no inmuniza contra el socialismo, sino que le concede que el mercado es culpable hasta que un adjetivo lo redima. Una vez concedida la premisa, la subasta del cuánto hace el resto. El obrero alemán de 1883 recibió su seguro y siguió votando socialista. No debe sorprender a nadie que el trabajador que se benefició de la nueva jornada laboral fraterna de Uribe siguiera votando por quien le ofrecía aún más: Petro.

Alemania pudo darse el lujo de tardar un siglo en enfermarse porque tenía el capital, las fábricas y la disciplina que el adjetivo se fue comiendo. Nosotros pretendemos importar el adjetivo sin haber acumulado el sustantivo: copiamos la dieta del rico sin haber cosechado su despensa. Al socialismo no se le quitan las banderas dándole la razón. Se le quitan demostrando que la libertad reparte más que el reparto. Lo demás no es una vacuna: es la enfermedad en dosis de campaña.

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