Analistas 22/05/2026

El campo no vive de dividendos emocionales

Camilo Manrique Dwyer
Productor agropecuario

La única ley que de verdad promueve la productividad es la que amarra el beneficio al éxito del negocio. El incentivo tributario que montó el gobierno Uribe (Ley 939 de 2004) para los cultivos de tardío rendimiento -como la palma de aceite- funcionaba perfectamente porque tenía una lógica implacable: si usted no es productivo, si no trabaja bien la tierra y no genera riqueza, el incentivo no le sirve para absolutamente nada porque simplemente no tiene utilidades sobre las cuales pagar impuestos. No era un subsidio regalado para aplaudir la ineficiencia; era un premio al que fuera capaz de generar riqueza y empleo formal.

Y el resultado de eso se ve en las regiones. Mire el mapa palmero hoy.

¡El ejemplo vivo de eso es Maní, Casanare! Si usted mira hacia atrás, en 2006 Maní prácticamente no figuraba en el mapa palmero del país. Hoy, gracias a que en su momento existieron esos incentivos de largo plazo que le daban confianza al inversionista para enterrar un capital que tarda años en retornar, Maní se convirtió en el tercer municipio con mayor área palmera de toda Colombia.

Y la mayor belleza de esto, el verdadero dividendo social, es que todo este desarrollo se está consolidando en un municipio catalogado como Zomac (Zonas Más Afectadas por el Conflicto Armado). Allá, donde la única ley que imperaba era la de la violencia y el olvido, la empresa privada tecnificada llegó a sustituir la ilegalidad por empleo formal, por infraestructura rural, por oportunidades reales y por proyectos sostenibles de vanguardia. Eso es construir paz de verdad, no con discursos ni con firmas en un papel, sino con desarrollo económico y social en el territorio.

Pero hoy el viento sopla para el otro lado...

Esa es la miopía del gobierno actual. En lugar de replicar y potenciar esos modelos exitosos que transformaron regiones enteras como Casanare, el entorno de hoy hace todo lo contrario. Le ponen un Catastro Multipropósito que en muchos casos se vuelve expropiativo porque le cobran un impuesto altísimo a la tierra antes de que produzca; le disparan el costo del dinero con tasas de 16% que hacen inviable cualquier proyecto agropecuario; y para rematar, lo dejan desamparado ante el regreso de la inseguridad, las vacunas y el temor al secuestro.

Si a usted como productor, que lo único que controla en su operación es la estructura de costos porque el precio final lo pone el mercado global, le quitan los incentivos tributarios, le suben los costos fijos y le arrebatan la seguridad, están matando a la gallina de los huevos de oro.

Maní demostró que cuando el Estado da seguridad jurídica, incentiva la productividad y respeta al que invierte, el campo responde de forma milagrosa. Pero hoy, con la matemática actual, el mensaje es nefasto: es mejor abrir un CDT o comprar un TES que arriesgar su capital en el campo, donde el dinero está al sol y al agua. El dividendo emocional del productor que ama su tierra y quiere ver su región florecer tiene un límite; porque, insisto, con emoción no se paga la nómina. Si seguimos marchitando el incentivo al que genera riqueza, el agro moderno se va a frenar, las zonas Zomac volverán al olvido y el país terminará importando hasta lo que se come.

Maní es un municipio milagro y Colombia toda lo puede ser.

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