La paz innegociable al este de Europa
El sábado 5 de septiembre, durante la noche, un avión especial de la Fuerza Aérea de Estados Unidos despegó rumbo a Rusia. Tras cruzar el Atlántico y realizar una breve escala operativa en Helsinki, aterrizó horas más tarde en Moscú.
A bordo viajaban dos hombres con una misión extraordinariamente compleja: intentar destrabar una guerra que las estructuras diplomáticas tradicionales no han logrado terminar.
Lo más curioso de todo es que ninguno construyó su carrera en la diplomacia tradicional. Steve Witkoff y Jared Kushner provienen principalmente del mundo inmobiliario y empresarial y pertenecen al círculo más cercano de Trump.
Ahora el presidente estadounidense les ha encargado algo considerablemente más complejo que cualquier negociación del mundo de los negocios: ayudar a encontrar una salida a una guerra que ya lleva más de cuatro años y que comienza a fatigar a todas las partes involucradas.
Horas después de aterrizar, en una visita manejada hasta entonces con absoluto hermetismo, Witkoff y Kushner estaban en el Kremlin sentados frente a Putin. La conversación se extendió durante más de tres horas y, aunque no produjo ningún acuerdo definitivo, ambas partes la calificaron positivamente.
Durante la visita, ambos países incluso acordaron una pausa temporal de ataques. Al día siguiente, los dos estadounidenses viajaron a la capital ucraniana para reunirse con Zelensky.
La imagen resulta extraordinaria: dos empresarios inmobiliarios de Nueva York viajando entre Moscú y Kyiv intentando destrabar uno de los conflictos geopolíticos más complejos de las últimas décadas. Puede parecer una apuesta extraña. También podría terminar siendo precisamente la razón por la que funcione.
Trump parece estar intentando aplicar a la diplomacia algo parecido a su propia concepción de los negocios: identificar qué quiere cada parte, determinar qué está dispuesta a ceder y encontrar un acuerdo que todos puedan finalmente aceptar. El problema es que, después de cuatro años y medio de guerra, las posiciones siguen estando más que distantes.
Rusia llega a esta negociación habiendo demostrado una formidable capacidad de resistencia, muy superior a la que muchos anticipaban al comienzo de la invasión. Las sanciones occidentales no provocaron el colapso económico que algunos proyectaron y, según las estimaciones del Fondo Monetario Internacional, la economía rusa volverá a crecer en 2026, por cuarto año consecutivo.
También existen realidades difíciles de ignorar sobre el terreno. Rusia controla actualmente cerca de 20% del territorio ucraniano, incluyendo Crimea y territorios que ya ocupaba antes de febrero de 2022. Eso equivale a más de 100.000 kilómetros cuadrados, una superficie más grande que la de un país como Portugal.
Ucrania, por su parte, consiguió impedir lo que al comienzo de la invasión parecía posible: la caída de Kyiv y una rápida victoria rusa. Cuatro años después, mantiene el control de gran parte de su territorio y continúa ofreciendo resistencia, aunque hacerlo ha requerido un respaldo militar y financiero sin precedentes por parte de EE.UU. y Europa. Quizás ahí esté precisamente la razón por la que la paz continúa siendo tan difícil.
Rusia demostró una capacidad de resistencia económica y militar mucho mayor de la que Occidente esperaba. Ucrania, por su parte, logró contener durante más de cuatro años a una potencia militar considerablemente superior. Ninguno consiguió todo lo que buscaba.
Para Rusia, cualquier acuerdo requiere resolver definitivamente las cuestiones territoriales y de seguridad alrededor de Ucrania. Para Kyiv, aceptar determinadas condiciones sin garantías suficientes podría significar simplemente congelar el conflicto hasta una próxima confrontación. Las posiciones siguen siendo difíciles de reconciliar.
Es precisamente frente a esto donde la elección de Witkoff y Kushner resulta interesante. No llegan cargados con décadas de experiencia diplomática ni pertenecen a las estructuras tradicionales de política exterior estadounidense. Llegan con una mentalidad fundamentalmente transaccional: identificar qué considera verdaderamente indispensable cada lado y determinar si todavía existe algún espacio para acercar ambas posiciones.
Después de reunirse con ellos, Zelensky reconoció que los enviados habían presentado algunas “ideas decentes”. Trump, después de conversar nuevamente con Putin, afirmó que cree que el presidente ruso quiere alcanzar un acuerdo, afirmación que ha repetido durante meses. Nada de esto significa que la paz esté cerca. Las diferencias territoriales y de seguridad continúan siendo enormes y el combate continúa mientras se negocia.
Al final, todos parecen querer la paz. Lo que nadie logra acordar es el precio para alcanzarla.