De la ideología a la soberanía
Colombia necesita dejar de discutir su futuro energético desde las trincheras ideológicas y empezar a hacerlo desde una pregunta mucho más sencilla, pero también mucho más importante: ¿qué necesita el país para garantizar su soberanía?
Durante los últimos años hemos reducido la conversación energética a una falsa disyuntiva: carbón o renovables, petróleo o transición, combustibles fósiles o energías limpias. Como si escoger una fuente implicara necesariamente renunciar a las demás. El resultado ha sido una discusión cargada de prejuicios, mientras las necesidades reales del país siguen esperando respuestas.
La energía no puede ser un asunto de dogmas. Es un asunto de seguridad, competitividad, empleo, desarrollo y soberanía. Hemos confundido la política energética con una disputa ideológica. Mientras discutimos qué energía es moralmente aceptable y cuál debería desaparecer, el país enfrenta una necesidad mucho más concreta: garantizar energía confiable y competitiva para los próximos años.
Colombia tiene una enorme ventaja: cuenta con recursos energéticos diversos. Tenemos sol, agua, viento, gas, petróleo y carbón. La verdadera oportunidad está en aprovecharlos de manera inteligente, complementaria y responsable, privilegiando la soberanía por encima de la ideología.
Soberanía que significa tener la capacidad de garantizar energía suficiente, confiable y competitiva para los hogares, la industria y las regiones. Que implica no depender excesivamente de decisiones externas, de mercados internacionales o de un único recurso.
Que nos conduce a propender por una matriz energética diversificada, capaz de responder a las necesidades de hoy y a los desafíos del futuro.
En esa discusión, el carbón merece una conversación seria y sin prejuicios. No porque deba ser la única respuesta -no lo es-, sino porque sigue siendo un recurso estratégico para el país, genera empleo, sostiene economías regionales, aporta divisas y cumple un papel relevante en la confiabilidad energética, principalmente en momentos críticos como los actuales.
Defender la soberanía energética tampoco significa desconocer los desafíos ambientales. Significa enfrentarlos con tecnología, innovación y responsabilidad, sin sacrificar la seguridad energética ni la competitividad nacional.
La nueva era que comienza en Colombia exige menos etiquetas y más pragmatismo. Menos ideología y más evidencia. Menos imposiciones y más diálogo.
La pregunta ya no debe ser qué fuente energética nos gusta más. La pregunta es qué combinación de recursos le permite a Colombia crecer, producir, exportar y garantizar bienestar a sus ciudadanos. Ese es el verdadero debate. Es el momento de pasar de la ideología a la soberanía.